¿Cómo comer bien?

Comer bien es un auténtico reto en estos tiempos que corren. Ya no hablamos desde un punto de vista estrictamente nutricional, que también, sino que hablamos de comer respetando mínimamente nuestro cuerpo y nuestra salud y nuestro entorno.

Este post nace de la conjunción de tres sucesos concentrados en la última semana: la aparición en español del libro de Michael Moss Adictos a la comida basura, el programa de La Sexta Equipo de Investigación sobre la agricultura ecológica, y el estudio presentado en Estados Unidos que niega que los transgénicos afecten en absoluto a la salud de los humanos. Visto/leído todo, nos preguntamos ¿cómo podemos comer bien en un mundo bombardeado por mensajes contradictorios sobre lo que es bueno comer? Podéis leer toda la introducción que nos ha llevado a reflexionar sobre esto, o bien pasar directamente a los consejos.

El libro de Moss explica cómo la industria de la alimentación ha utilizado el azúcar, la sal y la grasa para crear productos conscientes de su insalubridad. De como esas empresas no han movido un dedo por poner su grano de arena en la lucha contra la obesidad y la diabetes, mas al contrario, han hecho lo posible por encontrar los recovecos que les permitieran seguir produciendo engendros para comer (me niego a llamarles alimentos) a bajo coste, sin preocuparse en exceso por la calidad. Basta pasarse por el lineal de los quesos procesados, mirar las grandes marcas de quesos untables y revisar sus ingredientes: prácticamente ninguna lleva queso.  [En los ingredientes, efectivamente, aparece leche y nata y diversos estabilizantes, pero eso no es queso en realidad, es decir no sigue el proceso de maduración de un queso de verdad, de la misma manera que unas patatas fritas con huevo llevan los ingredientes de una tortilla de patatas pero no son una tortilla de patatas]. Estos productos, en general, superan con creces el contenido en azúcar, sal y grasa recomendado para un adulto en una dieta equilibrada, pero las empresas que los producen usan casi siempre el mismo argumento: “Nosotros no obligamos a nadie a que coma nuestros productos”. Mientras, la televisión y el resto de medios ametrallan con publicidad de alimentos que las instituciones que tienen que mirar por nuestra salud saben positivamente que son perjudiciales. Y ametrallan a cualquier hora, en especial, dentro del horario infantil.

A modo de ejemplo de estas estrategias de marketing que nos conducen a comprar sin pensar dos veces lo que hacemos, basta contraponer este post, publicado en un blog sobre cuidados infantiles realizado por una empresa de publicidad y entendemos (no sabemos ciertamente, pero sospechamos por la cantidad de productos que se promocionan) ideado para apoyar a las marcas de productos infantiles, y este otro post, sobre el mismo producto, hecho por un portal de consumidores y avalado por nutricionistas.

Mientras lees el libro y vas viendo productos Frankenstein, como la Velveeta o los Lunchables, piensas, “bueno, pero eso solo pasa en Estados Unidos”. ¿Es eso cierto? ¿O en realidad, esas marcas que aquí no existen, sí hacen otros productos con otras marcas que aquí sí existen? Incluimos la imagen, que fue en su momento viral, en la que se distingue como 5 o 6 grandes conglomerados industriales controlan prácticamente todas las marcas famosas de alimentación  (y cosmética, salud, etc).

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Con esto en mente, nos sentamos frente a la televisión a ver el programa de La Sexta, interesados como estamos en la agricultura ecológica. La sorpresa no es tanto el contenido del programa -que resulta un poco superficial y en algunos casos enfocado a buscar la anécdota y con el tono amarillete y medio apocalíptico habitual- sino la reacción que vemos en Twitter. Muchos usuarios de la red social muestran sus recelos sobre la agricultura ecológica o la tachan simplemente de timo. Se quejan de los precios, o de que son todo cosas de “hippies” trasnochados. De que en realidad, la agricultura ecológica (y la alimentación ecológica en general) es un camelo. Pues sí, una parte es un camelo. Ya lo comentamos en un artículo previo sobre las grandes marcas que de repente se han vuelto superecológicas y hacen productos superecológicos. Efectivamente, esas marcas solo están haciendo greenwashing de la montaña de productos altamente perjudiciales para el medio ambiente y para el desarrollo humano que siguen fabricando sin ningún tipo de rubor.

Pero de ahí, a pensar que toda la agricultura y la ganadería ecológica es un engaño va un mundo. Y nos preocupa ver con qué ligereza se acusa a los pequeños agricultores y a los proyectos sostenibles y con qué ferocidad se defiende a las grandes marcas. Y cómo esto lo hacen personas con perfiles profesionales destacados, que son líderes de opinión y a los que mucha gente cree a pies juntillas.

La tercera pata de este post es el estudio presentado por la Academia Nacional de Ciencias que asegura que los OGM (organismos genéticamente modificados) no comportan ningún riesgo para la salud humana. Según este estudio, que aglutina y analiza más de 900 estudios al respecto, los humanos no sufrirían ninguna consecuencia a la hora de consumir OGM.

Pero, esta recopilación de estudios, imagino que incluirá también los estudios patrocinados por las grandes empresas que se dedican a la generación es estas semillas (y que de hecho, son una buena parte de los estudios existentes). Teniendo en cuenta que en el libro de Michael Moss se explica que, en otros casos, las agencias gubernamentales estadounidenses han sido muy laxas a la hora de valorar los estudios patrocinados por marcas ¿por qué ahora nos tendríamos que creer este?

Es más, y en el caso de que fuera cierto, y que los OGM fueran inocuos, ¿son realmente necesarios? Una de los grandes argumentos para la inclusión de los OGM en la agricultura es que aumentan la producción (cosa que, por cierto, niega el propio informe de la Academia de Ciencias) y por tanto, contribuirían a acabar con el hambre en el Tercer Mundo. Que digo yo que si las grandes corporaciones no hubiera expulsado a los campesinos de sus tierras del Tercer Mundo para llenarlas de cultivos hiperrentables como el café, el cacao o la soja a lo mejor ahora estos campesinos no estarían pasando hambre. Que también digo que si en el primer mundo no compráramos mucha más comida de la que realmente necesitamos (en general, además, comida vacía nutricionalmente, de la que habla Moss en su libro), tampoco haría falta generar más producción para repartir el alimento entre todos. En Estados Unidos, cada año se tiran 40 millones de toneladas de comida, ¿cuánta gente podría comer con ellas?.

Vivimos totalmente desinformados en un mundo de sobreinformación. Cuando más conocimiento tenemos al alcance, y cuando más noticias e informaciones llegan a nuestros oídos, más fácil parece ocultarnos datos clave y más perdidos parecemos.

Entonces, al grano ¿cómo podemos comer bien? Estos son algunos consejos que ya hemos puesto en práctica y que funcionan. Requieren motivación, pero los resultados motivan, vaya que sí.

  • En primer lugar, olvídate de los alimentos procesados y, especialmente, de los platos preparados. Es muy difícil y, obviamente, lo vas a tener que hacer paulatinamente, y no podrás olvidarte de todos, porque actualmente hay muchas cosas que ya no existen de otra manera que no sean procesadas. Pero te aseguramos que es posible llegar a un porcentaje altísimo de independencia. Eso sí, para luchar contra los procesados, lo primer es luchar contra la pereza: va a haber muchas cosas que vas a tener que hacerte tú que antes comprabas cómodamente ya listas para consumir. En internet encontrarás muchas recetas para hacer casi todas las preparaciones que más te gustan sin depende de los alimentos frankenstein, desde crema de chocolate, hasta queso untable, pasando por los gnocchis o los bizcochos de desayuno. Dedica un rato de tu fin de semana, por ejemplo, a preparar un hummus para ponerle en el bocata a la chavalería, o dejar lista para congelar masa de pizza.
    Te sorprenderá ver como muchas de estas cosas no son difíciles de preparar y salen mucho más baratas que las procesadas. En el caso del hummus biológico, por ejemplo, el coste de hacerlo en casa no supera los 3 euros para casi un kilo, mientras que cualquier hummus procesado no baja de los 2 euros los 100-150 gr.
  • Piérdele el miedo a las cestas de frutas de cooperativas ecológicas. Mucha gente se queja, y no sin razón, de que las cestas ecológicas traen fruta y verdura que no siempre son lo que nos apetece. Y es más, que no siempre conocemos ni sabemos qué hacer con ellas. Pues bien, perdedle el miedo a esa fruta y verdura desconocida o a la que no estáis habituados. Buscad ayuda en libros especializados en cocina de las verduras, Las verduras de muchas maneras de Karin Leiz, que es una auténtica biblia de la reconciliación con las verduras. Montado como un diccionario en el que las verduras aparecen en orden alfabético, Karin Leiz nos facilita un montón de recetas, la mayoría facilísimas, para cocinar las verduras. Y no es nada macrobiótico, si eso te echa para atrás, al contrario, encontrarás desde recetas aptas para veganos hasta recetas con chorizaco de pueblo. Para todos e insistimos superfáciles de hacer y súper cómodas de consultar.
    Y vamos, no me digas que no puedes hervir tus propias judías o tus propios guisantes, que son diez minutos. Ni cortar tu cebolla o tu tomate… Igual nos estamos volviendo gastronómicamente analfabetos, pero resulta de risa que compremos cebolla o ajo cortados.
  • Come de temporada. Tanto la fruta y la verdura, como los pescados.
  • Los embutidos, con garantías. Quien más y quien menos, tiene un pueblo, o un amigo que tiene un pueblo. Tira de ellos para hacerte con embutidos. Nutricionalmente es algo de lo que no debemos abusar, así que tampoco hace falta lanzarse a lo loco al supermercado a llenar el carro de salchichones de marcas de gran consumo. Y si no tienes amigos con pueblo, confía en un buen charcutero, serio, que te facilite mandanga de la buena, de la que se hace con cariño y con carne (e incluso grasa, of course) de verdad.
  • Apuesta por lo ecológico siempre que puedas, especialmente en el terreno de lácteos y huevos. España es un país de quesos maravillosos, así que por favor, cómelos. Resulta doloroso ver como la gente compra queso de plástico en un país en el que tenemos 150 variedades y 26 denominaciones de origen y que además, tiene al ladito otro país, Francia, con 320 variedades, muchas de las cuales se pueden adquirir fácilmente en nuestras tiendas. Pasa un poco lo mismo con los yogures. Tenemos grandes productores de yogures de calidad, optemos por ellos. Se nota tanto la diferencia entre un yogur “de plástico” y uno de verdad… Y si eres un valiente (o vives por el norte, donde es fácil encontrar cuajo), hazte tus propios yogures y cuajadas. Esa yogurtera que tu madre tiene abandonada desde el día de la boda puede darte unas alegrías tremendas.  No solo es una cuestión de sabor, también es una cuestión de bienestar animal: comprar leche, yogures, quesos y huevos de explotaciones sostenibles implica que los animales que producen la materia prima han vivido mejor que los pobres que sufren la ganadería industrial.
    Lo mismo se aplica para las carnes. Prioriza la carne blanca (y dentro de esta, cuando elijas pollo, mejor de corral o ecológico) y el pescado. En el caso del pescado (sobre todo el que está en conserva) puedes informarte sobre su origen mediante la guía del Marine Steward Council o la campaña por el pescado sostenible de WWF . Si tienes una lonja cerca, eres afortunado. Si no, busca un pescatero de confianza y que te guíe, no solo en calidad, sino en temporalidad de los pescados. Y huye del pescado embolsado.
  • Legumbres y frutos secos, ¡a la saca! Literalmente, déjate de bolsas de plástico y packagings. Cada día hay más oferta de compra a granel, con lo que puedes comprar solo lo que necesitas, y en el caso de legumbres y frutos secos, por su buena conservación, puedes gestionar mejor tu despensa. Seguro que en casa tiras botes cristal que podrías usar para comprar y almacenar las legumbres y otros productos no perecederos. Vale la pena la inversión en una olla exprés para cocer tus legumbres de forma rápida, y evitar caer en las legumbres precocidas y envasadas, que siempre van fuertes de sal.
  • Haz tus propios snacks. Desde galletas saladas, hasta picoteos de todo tipo. Con verduras, o con carne y pescado, hay mil cosas sencillas de hacer para picar que nos alejan de los snacks hipergrasientos de las estanterías del súper.  Antes, las palomitas las hacíamos en casa con una sartén y nadie se moría. Ahora en cambio, las hacemos con una bolsa en en el microondas, y en lugar de comer solo grano de maíz, comemos un montón de acelerantes, grasas, sal y otras delicias que nos embotan las arterías. Y ni hablemos de la cantidad absurda de residuos que provocamos.
  • Déjate de dietas milagro y alimentos prohibidos. Cualquier alimento natural no procesado está permitido. El truco está en la mesura. Y en disfrutar comiendo. Hay movimientos como el Mindful Eating que promueven el comer de todo, disfrutando tanto a la hora de prepararlo como de comerlo. Cuando uno es capaz de paladear y no de engullir, disfruta más y queda satisfecho antes. Comer sano y equilibrado no implica comer solo tofu y semillas. Ni, desde luego, comer cosas light, otra de esas grandes trampas de la industria alimentaria. Implica comer de todo y disfrutarlo.
  • Premia a las empresas que lo hacen bien. Para poder premiarlas tendrás que tomar por costumbre leer las etiquetas. Apuesta por las que usan más productos naturales, las que sean de proximidad y las que den el máximo de información.  Como decíamos en el punto 1, no vamos a poder prescindir de todos los productos procesados, pero podemos elegir los que se hagan con responsabilidad, nutricional y ambiental. Por ejemplo, en el caso del pan. Busca panaderías cercanas que hagan su propio pan -cuidado con las boutiques del pan– y si no tienes tiempo de comprarlo diariamente, congélalo. El buen pan, además, siempre se puede usar para hacer salmorejo, gazpacho, sopas de pan, púdings e incluso confitura.

Cambiar de hábitos cuesta mucho, porque nos han “programado” para seguir las instrucciones de la publicidad, para priorizar la comodidad de uso y de consumo a la calidad y para creernos que nuestra ajetreada vida nos obliga a comer así, pero no es verdad. Está comprobado. Yo estoy consiguiendo hacerlo, una vez roto el muro de la pereza. Intentadlo, porque los beneficios son inmensos.

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El ‘mito’ de que lo ecológico es más caro: El café

restaurant-beans-coffee-cupNo es la primera vez que hablamos de los precios de lo ecológico o del comercio justo y de cómo y por qué estos son superiores a los precios de los productos convencionales. Pero entendemos que hasta ahora lo hemos hecho apelando a que nuestro lector entendiera que el precio superior llevaba implicada toda una filosofía de consumo, protección del medio ambiente y respeto a los productores.

Pero, ¿y si nos saltamos toda la parte filosófica? ¿Hay productos ecológicos (o de comercio justo) que simplemente son más baratos? Algunos hay, y además, con una diferencia abismal. Es el caso del café. Más concretamente del café en cápsulas.

Dicen los muy cafeteros que el café de las cápsulas es mucho más bueno que cualquier otro. Personalmente, no sé si lo comparan con el aguachirri de una cafetera americana o con el soluble (no creo que lo comparen con un buen café de máquina de expresso), pero vamos a darles el beneficio de la duda. Digamos que sí, que el café de cápsulas es mucho mejor que cualquier otro.

Solo faltaría, sobre todo, porque a día de hoy, los consumidores de cápsulas de Nespresso, de la gama más económica, están pagando su café a 65 euros el kilo (cada cápsula, de 0,36 euros, contiene 5.5 gramos de café). Y los que se decantan por los cafés considerados edición limitada, lo están pagando a 83 euros el kilo (cada cápsula de 0,46 euros contiene 5.5 gramos de café).  En España, en 2009 se vendieron la friolera de 600.000 máquinas de café Nespresso, la marca líder del mercado, a partir de los 90 euros (a veces con descuentos o parte del dinero “devuelto” en cápsulas pueden encontrarse por a partir de 50 euros), por lo que podemos considerar que, actualmente, las cápsulas de café son de consumo masivo.

También es cierto que no todo el mundo compra las cápsulas originales, y algunos apuestan por marcas blancas como Bellarom, cuyo precio por kilo es de 32,7 euros (0,18 por cápsula de 5.5 gramos). Considerablemente menos, aunque siempre bajo la sospecha de la venta a pérdidas, pero aún bastante más de lo que nos costaría un buen café ecológico y/o de comercio justo.

A día de hoy no resulta complicado encontrar cafés ecológicos y de comercio justo a partir de los 10 euros y algo el kilo, como por ejemplo, el que comercializa Intermón Oxfam, cuyo paquete de 250 gramos nos cuesta 2,59 euros. El margen que nos da el impresionante precio del kilo de café en cápsula nos permitiría incluso darnos un gusto y regalarnos tazas de café ecológico gourmet, a unos 24 euros el kilo (11,6 euros el paquete de medio kilo molido), o este también de Intermón. Una cafetera expresso medianamente aceptable se puede encontrar desde los 80 euros, más o menos, siendo las de a partir de 100 euros las que ya dan un resultado francamente bueno. Solo a modo de pincelada, en 2013, un productor brasileño de café convencional vendía los 60 kilos a 106 dólares, o lo que es lo mismo, a 1,7 dólares el kilo, al cambio actual 1,50 euros el kilo.

Entonces, vamos a seguir echando cuentas, así a lo bruto. Imaginemos -obviamente para teorizar y hablar en las mismas condiciones- que una máquina de expresso y una de cápsulas duran 1.000 cafés. Por tanto, pongamos 10 céntimos de gasto de la máquina (de precio medio 100 euros), más pongamos otros 10 de agua y otros 10 de electricidad. 30 céntimos de “gastos externos”. Una cápsula 36 céntimos, por tanto un café 66 céntimos. 
Con los mismo datos 10 céntimos de máquina, 10 de agua y 10 de electricidad, sumemos ahora el coste de 10 gramos de café molido, ya que las máquinas expresso suelen requerir algo más de cantidad, o sea 10 céntimos más (10 euros kilo). En total, 40 céntimos por café.

Vale, aceptamos que hemos hecho un poco de “trampa”. Hemos comparado café de cápsula contra café molido. Cierto es que el café molido convencional puede ser más barato que el ecológico, aunque no siempre, y en muchos casos el precio es similar. Pero cuando leemos que se venden 600.000 cafeteras en un año,  y además, valoramos el comportamiento de nuestro entorno, llegamos a la conclusión de que, a día de hoy prácticamente están más extendidas las cápsulas que el café molido “suelto”. Y, además, por puros principios de nuestro blog, aunque existen opciones de cápsulas con café ecológico (a precios prácticamente iguales, o incluso inferiores a las convencionales), no podemos promocionar un tipo de consumo que genera una cantidad inmensa de residuos innecesarios.

El argumento “de peso” de los usuarios de cápsulas es por un lado, la calidad del café, y el hecho de que sea más barato que en el bar. Cualquier café hecho en casa va a ser más barato que un bar, ya que te lo haces tú, no te lo hace otro que recibe un sueldo por ello, no hay costes de licencias, ni impuestos ni gastos implicados en el precio de un café de bar, aunque es cierto que es uno de los productos que más margen dejan a los hosteleros. Y también hay que decir que, en los lugares decentes, la calidad de la cafetera, su nivel de presión y la habilidad del camarero dan un café de una calidad que merece ser pagada. Claro, que hay lugares donde, llevados por un cierto postureo cobran los cafés a precio de oro, incluso a más euros por kilo que las cápsulas.

En resumen, que el café es uno de los productos en los que, víctimas de un excelente posicionamiento y un marketing para quitarse el sombrero, estamos pagando más caro sin ni siquiera plantearnos otra opción.  A 30 cafés por mes -y sin contar gastos externos-, con cápsulas nos gastamos 10,8 euros (gama baja de marca, 3 paquetes de 10 cápsulas), mientras que con café molido ecológico y de comercio justo nos gastamos 3,30 (10grx30 tazas=300 gramos, a 10 euros/kg =3.30 euros).

Con esos casi 6 euros que nos sobran, ya tenemos para pagar parte del “extra” de esas verduras ecológicas por las que no estamos dispuestos a pagar 6 veces más como, cómo hemos visto, hacemos con otros productos.

Los españoles, campeones en reducir el uso de materiales

En España estamos de enhorabuena. Encabezamos la clasificación de países que más han reducido su uso de materiales y que más han reducido sus residuos.

Según este artículo de Papel, el suplemento de El Mundo, España encabeza el ránking de los países europeos en los que más ha descendido el consumo de materiales. Y no es un dato puntual, afecta a toda la última década. ¿Crisis o conciencia?mercadillo-2-1238190-639x411

Seremos optimistas, y aunque, obviamente, la caída drástica de la capacidad adquisitiva de los hogares ha provocado un descenso del consumo, también es cierto que poco a poco está cuajando toda la una conciencia de la durabilidad de las cosas. Es decir, una conciencia de que (casi) todo se puede reparar y que (casi) todo tiene una segunda vida.

A veces el impulso para entrar en esta conciencia es económico. Ahí tenemos el éxito de aplicaciones como Wallapop, que han conseguido que todos saquemos unos durillos por aquellas cosas que ya no usamos y que hace apenas unos años, casi con total seguridad, hubieran acabado en la basura (y ni siquiera en un punto limpio). Tengo que reconocer que soy la primera que de un tiempo a esta parte, cuando necesito algo, primero echo un vistazo en Wallapop (o en Vibbo) por si alguien está vendiendo algo que pueda satisfacer mi necesidad sin tirar de productos nuevos.

No solo internet ha facilitado eso. Mucha gente que, por desgracia, ha tenido que ir a casas de empeños (de las clásicas o tipo CashConverters) para conseguir algo de dinero por objetos preciados ha descubierto que ahí también existe la posibilidad de comprar cosas necesarias de segunda mano por menos dinero.

Efectivamente, la crisis ha colaborado, porque la falta de dinero ha agudizado el ingenio, pero también nos ha despertado para darnos cuenta de que hay otra forma de consumir. Y toda una generación de personas de, más o menos, a partir de 20 años, ha vuelto a recuperar el gusto por la segunda mano, las habilidades manuales y el Hazlo tu Mismo, el Rastro y ha puesto en marcha iniciativas de reutilización de objetos. Y eso lo que nos hace pensar, que tras la crisis, algunos de los “buenos hábitos” a los que nos hemos visto obligados en épocas de vacas flacas han venido para quedarse.

La economía y el consumo colaborativos han pasado de tabla de salvación a hábito. Y eso una noticia estupenda para la sostenibilidad de nuestras ciudades. En Madrid, hay ejemplos en muchos barrios. Uno de ellos es la página de Facebook La Guindalera Reutiliza, en la que los vecinos del barrio cuelgan fotos de productos y materiales que ya no utilizan para que otros vecinos puedan usarlos. Hicimos la comprobación, y la verdad es que funciona perfectamente. Y qué cierto es que lo que a uno ya no le sirve, a otro le salva el plan.

Junto a esta reducción de consumo de materiales, viene ligada una reducción de generación de residuos. Si reaprovechamos, tiramos menos, y también en eso España está a la cabeza de Europa.

Además, este reaprovechamiento no tiene porque empobrecer a nuestra economía. Al contrario, personalmente creo que refuerza a la producción local, a menor escala, porque se revaloriza la calidad y la duración de los productos. Y eso acaba con la sobreproducción de cacharros inútiles. También recupera algunos oficios que estaban al borde de la desaparición, como todo lo relacionado con las reparaciones, zapateros, modistas, relojeros, etc. Incluso en una época de obsolescencia programada, consumir colaborativamente puede luchar contra el desgaste prematuro.

Pero tampoco seamos optimistas hasta la ingenuidad. Queda mucho por hacer. Hay sectores, como el de la moda, en el que esta tendencia no se tiene tan clara, y aún se sobre consume, arrastrados por los inputs publicitarios, las modas, las tendencias y el culto a la imagen. Pero se abren fisuras, por ejemplo, en el terreno de la ropa infantil, en la que ya son muchas las mamás que recurren a la compra colaborativa, a la segunda mano y a la reutilización.  Igual no triunfaremos en todos los frentes, pero si la tendencia se va incorporando a nuestro día a día, además de reutilizar y compartir, seguramente educaremos a nuestra mente en la toma de decisiones de compra responsables.

Vivir con residuos cero

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by flaticon.com

Nos ha encantado leer la experiencia de Lauren Singer en SModa, una chica de 23 años de Nueva York que asegura haber conseguido vivir con residuos cero. ¿Cómo lo ha logrado? Comprando a granel, reutilizando absolutamente todo, comprando en tiendas de segunda mano, haciendo sus propios productos de limpieza o llevando la ropa usada a reciclar.

En su blog Trash is for Tossers nos cuenta cómo lo consigue,  usando desde la imaginación para fabricar productos y herramientas, hasta la compra a granel o el redescubrimiento de viejas profesiones que nos facilitarían mucho la vida si las usáramos más a menudo y más sabiamente, como ya comentamos en otro post de este blog.

La pregunta que nos hacemos es ¿sería posible lograr los residuos cero en España?  Con más de esfuerzo, pero sería posible. Como todo en este país, depende de la zona en la que vivas para saber si te será más o menos fácil lograrlo. Por ejemplo, Barcelona, Baleares y Euskadi disponen de tiendas “Granel”, que venden específicamente productos sin empaquetar. En Madrid hay alguna cosita discreta al respecto (por ejemplo, las tiendas Natura Sì tienen zona a granel, y La Magdalena de Proust te permite rellenar tus botes vacíos de productos de limpieza).

Pero también hay acciones más humildes que tienen mucho que aportar a la reducción de residuos en nuestro día a día. Por supuesto y en el número uno de la lista, abandonar definitivamente las bolsas de plástico (de hecho, la administración debería prohibirlas). Ni una más. Lleva siempre en un bolso una bolsa plegable, y si vas a comprar mucho, utiliza un carro de la compra que, además ¡tiene ruedas! Comprar en el mercado de tu zona no solo te ayudará a comprar producto local y reforzar el comercio de tu barrio, sino que te permitirá, si llevas bolsa o carro, reducir el gasto de bolsas, ya que puedes introducir los productos directamente en el carro. Lleva fiambreras para comprar el embutido  o el pescado (bastará con que el tendero pese el envase y lo indique como tara en su báscula) o recupera la vieja y querida bolsa del pan (y la de la merienda para tus peques en el cole).

Y no solo cuando vayas a comprar comida. No aceptes que te pongan la ropa o los zapatos en bolsas de la tienda (entre otras cosas, porque te están convirtiendo en publicidad ambulante gratuita, y no te hacen ni un triste descuento por tu aportación a su imagen de marca).

Pon en el número uno de tu lista las tiendas vintage o de segunda mano para comprar tu ropa. Hay auténticas joyas de firmas de prestigio y le darás una segunda vida a muchas cosas. Y lo mismo se aplicaría, por ejemplo, a la tecnología. Si todos aprendemos a no querer la última chuchería electrónica, sino algo que sirva para algo concreto, podremos recurrir a la segunda mano para solucionar nuestra necesidad (ojo, una necesidad que sea real).

En nuestra experiencia personal, lo más complicado es el tema de los envases.  Por más que intentemos comprar a granel o productos con pocos envoltorios, al final, nuestro cubo de selección se llena con sorprendente facilidad. Y lo peor es que, por ejemplo en el caso de la ciudad de Madrid, el sistema de reciclaje es tan deficiente que no sabemos si el esfuerzo de separar tiene algún tipo de recompensa. Teóricamente, el contenedor amarillo sirve solo para envases, latas y briks, no para plástico en general, que al parecer debe llevarse al Punto Limpio, el santo grial del reciclaje en algunos barrios.  Por ejemplo, en Chamberí no hay un punto limpio fijo y hay que perseguir al móvil por las zonas y horarios establecidos por el Ayuntamiento (a menudo poco realistas para las personas que trabajan). En los distritos donde sí hay punto limpio fijo, suele estar donde Marco Polo perdió el mechero, lo que a menudo supone que para llevar los residuos a su sitio tengas que contaminar usando un transporte privado.
Una vez en el Punto Limpio la cosa no mejora, porque hay ciertos tipos de productos que no seleccionan (como por ejemplo, los espejos) y que directamente te dicen que los tires a un saco de obra. Y sinceramente, no nos queda demasiado claro si algo tan contaminante como un espejo llega al lugar adecuado dejándolo por ahí.
Otras localidades como Barcelona, o incluso en la Comunidad de Madrid, Parla que dispone de recogida selectiva neumática, son mucho más precisas a la hora de permitir separar la basura. En Madrid, no existe lugar para el desecho (por ejemplo, el material higiénico usado, los pañuelos de papel, etc…) Solo falta tener que llevarse la bolsa en el autobús a otra localidad para poder depositarla en su sitio adecuado.

¿Qué hacemos con la ropa vieja? Algunos puntos limpios suelen recogerla, pero podemos reciclarla donándola a roperos de caridad o usarla para crearte nuevas prendas o cosas para la casa como demuestran los amigos de Ecocosas.  No es cuestión de ser un artista ni de ser un flipado que no tira nada, es que hace no tanto, nuestras abuelas hacían lo mismo. Recordamos la historia de una tía abuela que deshacía jerseys viejos que le daban los vecinos y con la lana que sacaba tejía cuadritos de ganchillo que luego convertía en cojines, bufandas, colchas, etc… Pero como demuestra el enlace que os hemos adjuntado, no hace falta ser tan superhabilidoso, simplemente, un poco de imaginación y ganas de no desperdiciar nada.

Incluso con las dificultades con las que nos encontramos a la hora de reciclar en muchas ciudades españolas y la falta de recursos que otros países sí tienen, como los envases retornables,  aún hay mucho que podemos hacer. Abandonar las bolsas de plástico, los vasos, cubiertos y servilletas de papel, y cambiarlos por vajillas, tazas, botes o servilletas reutilizables, reducir el uso de plásticos y optar por el cristal, la tela, la madera reutilizada, etc. Asegurarnos que lo que pretendemos tirar a la basura no tiene algún uso en nuestro hogar o en el de algún amigo. O si no podemos donarlo o venderlo en alguna tienda de segunda mano física u online.

Pongámonos un buen propósito para 2015. Decidamos dejar de tirar algo de nuestra vida cotidiana. Dejemos de comprar en envases de plástico, o de tirar ropa, o de tirar libros… Dejemos de tirar y comencemos a usar con cabeza. Aunque solo lo logremos con algo pequeño y a priori sin importancia, lo cierto es que  habremos dado un primer gran paso.

 

Prepara tu casa para un invierno sostenible

Antes de que el frío nos pille desprevenidos, en SyS pensamos que es un buen momento para recordar algunos pequeños trucos que nos servirán para afrontar las bajas green-eco-home_891995temperaturas ahorrando consumo energético y reduciendo nuestra huella ecológica.

1. Cambia las bombillas de tu casa.
En invierno los días son más cortos y necesitamos más iluminación. Toca replantearse las bombillas que usamos. No hace falta que las cambies todas de golpe, pero conciénciate que las viejas bombillas incadescentes de toda la vida o los fluorescentes no son eficaces energéticamente, ni a la hora de usarlos ni durante su fabricación. Según un estudio del Pacific Northwest National Laboratory (PNNL), a día de hoy las bombillas LED ya son más eficientes tanto a la hora de iluminar como en su fabricación, a pesar de que algunos de sus componentes son derivados del aluminio. El estudio considera que el incremento de investigación de este tipo de dispositivos reducirá aún más su impacto en los años venideros.
También podéis optar por las bombillas de bajo consumo, pero, bajo nuestro punto de vista, tienen algunas desventajas. Por un lado, tardan en encenderse y en dar la cantidad de luz máxima para las que están preparadas. Las de mayor intensidad, requieren de una tamaño enorme, con lo que no son compatible con algunas lámparas y además, al estar compuestas de gases, pueden generar problemas en caso de rotura.
Si vives en una de estas casas españolas decoradas a finales de los 80 o los 90, en las que hay esa querencia por las luces halógenas, te pedimos encarecidamente que hagas el esfuerzo de poner halógenos LED. Te costarán unos 8-12 euros por halógeno, pero no solo reducirás tu impacto, sino que nos agradecerás la propuesta en cuanto llegue la factura de la luz.
Cuando te decidas a cambiar las bombillas, es muy importante que recuerdes llevar las antiguas al Punto Limpio más cercano para que se pueda realizar el proceso de reciclaje adecuado.

2. Pon un reductor de caudal en tus grifos.
Aunque esta es una recomendación que podemos hacer durante todo el año, aprovechemos que tenemos el momento “manitas” para añadirla a la lista. Estos pequeños aparatos, con un precio de alrededor de 10 euros, nos van a permitir reducir en porcentajes de más del 60% nuestro consumo de agua.
La mayoría de estos dispositivos permiten que el agua de nuestro grifo se mezcle con aire, de forma que tenemos, por decirlo así, un chorro del mismo tamaño e intensidad, pero con la mitad o menos de agua. La gente de OCU hizo un informe al respecto que os resultará de utilidad.

3. Aísla tus puertas y ventanas.
Seamos sinceros, con el ritmo de vida que llevamos, en general en las ciudades pasamos relativamente poco tiempo en casa, y cuando estamos en casa en periodos prolongados (por ejemplo, el fin de semana), nos quedamos en el salón, o en la cocina, o en el dormitorio, pero no solemos usar de la misma manera todas las estancias de la casa.

Por eso, si el presupuesto no da para mucho, selecciona un par de estancias para aislar, y en el resto aguanta un poco el fresquito u opta por una buena chaqueta de lana (seguro que tienes alguna vieja y horrible que ya no te pones por la calle).
En esas habitaciónes que has seleccionado, revisa las ventanas para saber si filtran aire. Es tan fácil como encender una vela y pasarla por el quicio de puertas y ventanas, si la llama se mueve, está entrando aire.
Pásate por tu ferretería de barrio y pide cinta para aislar ventanas. Digamos que su fabricación no es lo más ecológico del mundo, pero si que es cierto que nos va ser muy útil para reducir el gasto en calefacción. Colocarla en las ventanas es muy sencillo, y notarás enseguida los efectos.
Si la fuga de aire no es por el quicio si no por la juntura del marco y del cristal, coloca silicona. Con una pistola de silicona te resultará fácil y divertido.

Si no tienes cristales dobles y el frío es muy intenso o eres muy friolero/a, puedes “forrar” los cristales con papel de burbujas,c omo se indica en este artículo de Sustentator, creando una especie de cristal doble que reducirá también la entrada de aire.
En las puertas, sobre todo en la parte baja, puedes colocar un burlete, un dispositivo de caucho que cubre la entrada de aire frio sin perjudicar al suelo. Existen burletes “comerciales” que puedes comprar en la ferretería, pero también puedes hacerlo tu mismo con un poco de maña, y un par de tubos de material aislante como los que sirven para embalar bicis y que seguro que te regalarán en cualquier tienda de bicis (de hecho los tiran en la mayoría).

4. “Cambia” tu suelo.
Si estás en una zona muy fría, o se trata de un suelo de gres demasiado fresco o demasiado antiguo, puedes optar por poner linóleo o, más ecológico aún, corcho. Existen paneles de corcho que se fabrican con el sobrante de otras fabricaciones. Si eres hábil, incluso puedes colocarlo de manera que lo puedas quitar en verano, cuando el fresquito del gres se agradece, como si fuera un puzzle, aunque es cierto que el corcho aguanta bien todas las temperaturas.

Si tienes presupuesto, posibilidades y ganas, opta por poner tarima de bambú. Resulta un material práctico, bonito y que tiene muy buenos resultados en cuanto a impacto ecológico, ya que el bambú crece y se regenera más rápido que la madera.

Si no puedes hacer ninguna de estas cosas  (pisos de alquiler, torpeza generalizada, poca pasta…) optar por poner una buena alfombra en la zona en la que más vayas a estar. Retendrá el calor además de dar un aire más acogedor a la sala.

Eso sí, si eres un pedazo de manitas y tienes tiempo, puedes optar por hacerte un suelo estupendo con pallets reciclados, siguiendo las instrucciones de Handimania.

5. ¿Mucho frío? Pinta de rojo
Si en la habitación en la que estarás más tiempo hace mucho frío, o está orientada al norte, o a una zona abierta, un “truco” para reducir la sensación de frío es pintar las paredes de un tono cálido (rojos, granates, ocres oscuros, púrpuras…) O elige un papel pintado que te transmita calidez y comfort. Unas cortinas densas también te pueden ayudar. Te aseguramos que funciona.

6. Aísla las paredes.
¿Tienes pasta y la casa es de propiedad, o bien de un casero enrollado? ¿Las paredes de tu casa tienen cámara de aire? Pues la opción es el aislamiento. Existen ya fórmulas que no precisan de obra y que no son especialmente caras.  Es el caso del IsoFloc, un material que recicla papel de diario para dotar a tu hogar de un buen aislamiento térmico.

7. Mejor con una caldera programable.
Si tienes calefacción central, poco podemos decirte, y todo dependerá de la concienciación/edad de los vecinos del edificio. A lo sumo que luches por finiquitar la caldera de carbón, si es que es de esas, y por ejemplo en Madrid centro, hay aún un buen puñado.
Si lo que tienes es calefacción propia,  procura tener una caldera con programación o al menos hacer un uso responsable de la que no lo permita. Las más eficientes son las de gas.
No es cierto que al enceder la caldera se gaste más gas, ni que encendiendo y apagando se consuma más.  Revisa qué potencia tienes contratada o que tarifa y adapta los horarios de encendido a las horas en las que es más barata. Piensa que si has aislado bien la estancia, tendrás un buen mantenimiento de la temperatura.
No enciendas todos los radiadores si no es necesario, y, por ejemplo, plantéate seriamente si en el dormitorio hace falta calefacción o es más barato y más práctico hacerse con un buen nórdico (y una colchoneta para poner sobre el colchón) que te garanticen calor. No te decimos que vuelve la bata de boatiné, porque son muy feas, pero el consejo de la chaquetica vieja de lana de antes, también vale para cuando uno sale de la cama.

En el baño ¿ de verdad necesitas calefacción? Si al ducharte cierras bien la puerta y tienes bien aislado el tema, el propio calor del vapor del agua de la ducha va a calentar el recinto. Está claro que al salir del agua caliente notaremos la diferencia de temperatura, pero basta con optar por un buen albornoz mullidito para contrarrestar el golpe.

En el salon, hazte con una buena mantita de sofá, que te ayudará a tardar más en necesitar el calor “artificial”. Recuerda que es invierno, y que, por tanto, lo normal es que en casa vayamos tapados, con un pantalón o un jersey más o menos abrigadito y unos buenos calcetines, bien cálidos y reconfortantes. Lo que no es normal es que en invierno vayamos por casa en pantalón corto y tirantes.

8. Optimiza tu nevera ( y otros electrodomésticos)
Si subes la temperatura de tu nevera un solo grado de tu termostato, ahorras un 5% de energía. En invierno hace falta que las cosas estén “heladas”. Aprovecha para descongelar la nevera (si no es no frost) y si es viejita, echa cuentas y piensa en que te supondría optar por otro aparato. En ese caso, al igual que con el resto de electrodomésticos, opta por el A++. Aunque su precio sea algo superior, notarás mucho la diferencia en la factura de luz. Lo mismo te pasará si cambias tu vieja tele por una LED. Y recuerda preguntar si tiene modo standby y normal, huye de los dispositivos que al enchufarse directamente se quedan en stand by y no tienen un modo de apagado.