Una app que te ayuda a consumir responsablemente

En SyS esperamos que poco a poco os vayáis concienciando de que a la hora de ir a comprar no solo hay que mirar el precio, sino que también es fundamental repasar el etiquetaje de los productos para saber dónde están fabricados, con qué tipo de ingredientes, con qué métodos, siguiendo qué estándares… Probablemente algunos penséis “qué lata mirar todo eso, yo miro que me guste y sea barato y listo”, pero nosotros queremos invitaros a realizar un consumo responsable, que ayudará a vuestra salud y sobre todo, a la de nuestro entorno. Así que seguimos con nuestra copla.

Uno de los primeros posts de este blog fue un pequeño catálogo de certificaciones ecológicas (etiquetas ecológicas) en produunnamed (1)ctos de alimentación/menaje-hogar/ropa, etc. Nos consta que es un
o de los posts más visitados, por lo que nos alegramos de poderos acercar una nueva herramienta en este sentido, que además os resultará mucho más práctica, ya que la podréis llevar y consultar en vuestro móvil.

Se trata de la app Labels for your Planet diseñada y lanzada InèditQuiero salvar el mundo haciendo marketing, y Solusoft y que recoge los principales estándares y etiquetas que certifican la fabricación ecológica, el uso de productos de origen orgánico o el tratamiento respetuoso de los medios naturales.  La app está disponible para Android y es gratuita.

La aplicación divide los sellos dependiendo del sector al que certifican (alimentación, hogar, ropa, energía, etc.) y explica de forma sencilla qué criterios son de necesario cumplimiento para  lograr la certificación. También indica quién otorga esa certificación y además, te permite seleccionar qué criterios son los que más te interesan a la hora de realizar tus compras para agrupar de forma sencilla todos los sellos y facilitarte la consulta.

Otra opción que te permite Labels for your Planet es valorar el grado de confianza que te da cada una de las certificaciones de manera que puedas guiar a otros usuarios a la hora de ayudarles a comprar. Por ejemplo, hay etiquetas como la de la Rainforest Alliance que, en nuestro caso, nos despiertan cierto recelo, ya que muchos productos de sospechosa sostenibilidad la lucen en sus etiquetas, y esta aplicación nos permitiría indicar estos recelos. Además, permite aportar ideas sobre nuevas certificaciones que deberían estar incluidas en el catálogo, de manera que pueda seguir creciendo de forma colaborativa.

Esta aplicación se une a nuestro top de apps útiles a la hora de la compra, en el que añadimos también la app de MSC para detectar las marcas de pescado (fresco, congelado y conserva) que usan artes de pesca respetuosas con el medio ambiente y que es otro de los indispensables de nuestros dispositivos móviles.

25 años de comida con sentido común

Cuando alguien acusa a los que creemos en una sociedad responsable y consciente de idealistas, suelo acordarme de Carlo Petrini.

A muchos no os sonará el nombre de este señor, pero es el autor de una frase que ha marcado el devenir de las creencias gastronómicas y alimenticias de miles de personas.

“Sencillamente es antinatural comer lo mismo en Pekín y en Finlandia, por ejemplo; piénselo y analice todo lo que conlleva”

En S&S pensamos que en esta frase está la clave no solo del movimiento que creó Carlo Petrini, hace ya 25 años, el Slow Food, sino de toda una filosofía de vida y de comportamiento orientada a reordenar un mundo en el que todo se ha globalizado hasta el absurdo.

Veinticinco años después de que se firmara el manifiesto de creación del movimiento Slow Food en París, el sueño de Petrini continua. Y continua entrando en la mentalidad de personas que hasta ahora no se habían planteado nunca de dónde procede lo que comen, cómo está hecho, cómo llega hasta sus casas… Gente acostumbrada a las grandes marcas que, a cuenta de la crisis, del mayor conocimiento gastronómico, de la preocupación por la salud, por las alergias, etc., está acercándose a una forma distinta de comer.

Como bien dice Petrini ¿qué sentido tiene que en España comamos naranjas turcas o marroquíes cuando tenemos probablemente los mejores cítricos del mundo? ¿O por qué tienen que traernos manzanas de Chile? ¿De verdad necesitamos comer manzanas en verano? ¿Sin importarnos los costes (logística, diferencia de sueldos, intermediación, distribución…)?

El Slow Food aboga por recuperar nuestro tiempo frente a la alimentación.  La fast life había hecho que perdiéramos totalmente el criterio frente a la alimentación. Un ejemplo, quizás estúpido, pero para mi aplastante: ¿alguna vez os habéis preguntado qué son realmente los ganchitos?¿Por qué son naranjas? Aunque estén sabrosos ¿realmente los necesitamos para vivir?¿Nos aportan algo positivo?

Os proponemos un ejercicio: Id a vuestra despensa/nevera y mirad qué tenéis dentro. Descartad los productos que comprasteis por capricho. Luego descartad los productos cuyos ingredientes no podáis identificar completamente [si sois licenciados en Química, probad que vuestra abuela los identifique]. De lo que os quede, descartad todos aquellos productos que no estén fabricados/producidos en España. Y por último, descartad los que hayan recorrido más de 100 kilómetros desde su origen hasta vuestro hogar. ¿Cuántos os quedan?
Y ahora preguntaros, todo eso que hemos descartado ¿no podríamos haberlo adquirido de productores situados en los 100-200 kilómetros que rodean nuestro hogar?

Seguramente, la respuesta es sí. Y seguramente la contrarrespuesta es “sí, pero es más caro”. Valora el coste de las cosas que tienes que tirar a la basura (en especial fruta y verdura) porque se han estropeado en poco tiempo. Vaya, en lo que tú consideras poco tiempo, porque cuentas desde el momento de la compra, no desde el momento de la recogida, quizás allá por Chile, a unas 16 horas de vuelo. Piensa también en los procesos ‘poco naturales’ a los que habrá sido sometido ese producto para que llegue en condiciones a los lineales del supermercado. Para que sea “bonito”, porque al parecer ahora solo es comestible la fruta bonita. Brillante.

Para más inri, el hecho de comprar artículos de países subdesarrollados o en vías de desarrollo pocas veces contribuye realmente a su desarrollo ya que este tipo de producción no está ne manos de los agricultores y empresas locales sino de las grandes corporaciones multinacionales. Pongamos como ejemplo el cacao de Costa de Marfil, del que ya hemos hablado en este blog, o el del azúcar en Guatemala.

La Slow Food, que lleva ya 25 años haciéndose hueco entre los consumidores es la suma perfecta de la conciencia en el consumo, el desarrollo local, el mantenimiento de las tradiciones culinarias, la producción sostenible y el indiscutible placer de disfrutar de la comida. Porque no es solo comprar y producir de manera justa, sino que también es parar un segundo a excitar nuestro paladar, gozar de una de las actividades más placenteras que tiene el hombre a su disposición, sin prisas, con calidad, con respeto por lo que consume y por tanto, con una ingesta más saludable y un recuerdo más feliz. Slow Food es dejar de engullir comida (y trabajadores, especies, entorno) y darle una oportunidad al planeta en un acto de puro placer.

Responsable vs. Convencional

villager-and-his-lamb-745712-mNo queremos engañar a nadie. Este blog versa básicamente sobre las ventajas y las bondades de consumir responsablemente, o lo que es lo mismo, consumir productos procedentes de la agricultura orgánica, de empresas que correspondan a sus trabajadores con sueldos y condiciones laborales justas y de adquirir productos primordialmente locales (los llamados kilómetro cero).

Pero está claro que no todo el mundo está de acuerdo con estas premisas, y que estos posts tampoco pretenden vender motos sin ruedas. En SentidoySostenibilidad tenemos la convicción de que optar por este modo de consumo será, probablemente a largo plazo, pero viendo como van las cosas, igual no tan largo, un eje de la recuperación del impacto del hombre sobre el planeta, y por tanto, un camino para devolverle a la Tierra todo lo que le estamos expoliando a día de hoy.

Sin embargo, tampoco somos el Oráculo de Delfos, y por supuesto, por más que seamos militantes de esto, no queremos obligar a nadie a hacer nada. Ni poseemos la verdad absoluta. Solo queremos daros datos, que seáis vosotros los que toméis la decisión. Por eso en este post vamos a repasar las posiciones encontradas respecto del consumo responsable vs. el consumo convencional. Y pedimos disculpas por adelantado, porque se nos va ver el plumero.

Comencemos por el tema que más clientes ha atraído al consumo responsable, la salud. ¿Realmente los productos ecológicos son más saludables?

La respuesta es no. Bueno, no pero. Veamos: como bien indicó un estudio de la Universidad de Stanford, los productos ecológicos no tienen mayor aporte de nutrientes, y por lo tanto, no son superiores nutricionalmente a los convencionales. En muchos casos, incluso tienen más grasas, ya que para formular algunas recetas (como por ejemplo, galletas y bollería), al renunciar a algunos productos sintéticos, como los espesantes, se requiere de un mayor uso de grasas animales y/o vegetales para obtener un sabor y un aspecto “comercial” (otra discusión sería de qué manera ha llegado nuestro paladar a despreciar algunos sabores y nuestro ojo a menospreciar algunos aspectos).  Cualquiera que se moleste en leer la etiqueta del producto observará su ficha y verá que, efectivamente, no son light (como algunos piensan) ni tienen aportes suplementarios de nada.
El pero que queremos añadir desde SyS es que si bien su aporte nutricional no mejora respecto de los productos convencionales, sí que mejoran nuestra nutrición debido a su falta de aporte químico. O lo que es lo mismo, los productos procedentes de la agricultura orgánica no incluyen pesticidas sintéticos, abonos químicos y otros productos que, aunque de forma individual estén dentro de los límites permitidos por la ley, aún sabemos muy poco de los efectos que tendrán con la acumulación de estas pequeñas cantidades [dentro del límite legal] en nuestro organismo. Es verdad que estos productos químicos no están pensados para ser el mal (como podemos ver en el blog de Jose Miguel Mulet, un químico que asegura que este tipo de producción no tiene ningún beneficio y es solamente una estafa), ya que si se emplean es para garantizar cuestiones sanitarias, pero, insistimos, no sabemos qué sucederá en unos años, cuando nuestro depósito físico haya acumulado cantidades respetables de esos productos. Y tampoco sabemos qué efectos tendrá a largo plazo el uso de esos productos en la tierra, si reducirá su fertilidad, si modificará procesos agrícolas, etc. Algo parecido podemos decir sobre cuestiones como los transgénicos, de los que a día de hoy no tenemos pruebas irrefutables del riesgo que pudieran suponer, pero de los que no sabemos qué pueden provocar a largo plazo, tanto en nosotros, como en los propios vegetales y en los terrenos.
Con todo y con esto, en una reciente encuesta realizada sobre la población francesa -una de las sociedades más avanzadas en el consumo bio- el 61% compra estos productos por comprender que son más saludables.

La motivación principal que nos conduce a consumir responsablemente en SyS es el respeto del medio ambiente, es decir, la no sobreexplotación de los recursos, la reducción de emisiones de CO2, el mantenimiento de la biodiversidad, etc. Los detractores del consumo biólogico, y aquellos que lo consideran solamente una moda para pijos, como el chef Marco Pierre White, que fue responsable de alguno de los restaurantes de Michael Caine, se preguntan si la producción ecológica sería capaz de alimentar a un mundo superpoblado y si sería capaz de hacerlo a un precio al que cualquier bolsillo pudiera llegar.
La primera pregunta que consideramos en SyS que se debería hacer es ¿hace falta realmente producir más comida? Con un reparto equilibrado, con lo que se produce a día de hoy, e incluso con menos ¿no podría sostenerse la nutrición mundial? Vivimos en un planeta con un Norte obeso y un Sur desnutrido.

Tenemos enormes latifundios dedicados a un único producto que se usa, y permitidnos el exceso, para el engorde masivo de una sociedad del Primer Mundo pagada de sí misma y en la que la abundancia de comida es algo así como un sinónimo de éxito. Menos el sr. Burns, pocos ricos no han sido caricaturizados como personajes orondos.

Si las grandes plantaciones de cacao de Costa de Marfil, se redujeran y se pudiera dedicar una parte de ese terreno para el cultivo de otros productos necesarios para la alimentación de ese país, ¿no mejoraría su nutrición?¿No se garantizaría la biodiversidad? Costa de Marfil es un país unos 100.000 km2 más pequeño que España y produce del 38% del cacao que se comercializa en el mundo.  Por supuesto, el hecho de ser uno de los mayores productores de café y cacao del mundo no lo convierte en un país rico. Las grandes empresas que compran el producto para el engorde del norte no respetan al agricultor y este, agobiado por la subsistencia, poco puede hacer para frenar la corrupción de sus órganos de gobierno que permiten y animan estas prácticas latifundistas de los países del Norte, ya que les reporta pingües beneficios.

La producción de cultivos únicos hace que desaparezcan especies, como recordábamos en un post anterior, también a cuenta del cacao, y que desaparezcan grandes zonas boscosas, en búsqueda del beneficio exportador de una serie de productos que se han convertido en bienes irrenunciables en los países desarrollados. De ahí, Brasil vive en parte de la deforestación del Amazonas para la creación de nuevas plantaciones de caña de azúcar, y de esta manera, que el país mantenga su liderato de la producción mundial (34% del total). Ese azúcar es el que luego usaremos en los países desarrollados para hacer todo tipo de productos que atentarán directamente contra nuestra salud (diabetes, accidentes cardiovasculares, obesidad…).

Si parte de ese territorio de la gran producción agrícola industrial se dedicara al cultivo de variedades para el consumo local en los respectivos países, ¿no habría un mayor reparto de los alimentos alrededor del mundo? Si los avances en ciencias agrarias se enfocaran en la mejora de las variedades para que se pudieran cultivar en zonas de diverso tipo de terreno/clima ¿no permitiría que muchos países pudieran generar un abanico mayor de cultivos que solucionara la nutrición interna? Y esos cultivos que ya no requerirían tener techos altísimos de producción para ser competitivos ¿no se podrían gestionar con métodos sostenibles y ecológicos?

Creemos que sí, y creemos que el argumento del precio, que es a donde queríamos llegar con esta exposición, es perfectamente cierto, los productos ecológicos son más caros, pero son más caros porque los productores reciben un pago justo por sus productos, porque la tierra descansa en los periodos que lo necesita, porque los productos no salen mágicamente todos perfectos con el mismo tamaño, olor y sabor; hay cosechas buenas y malas. Porque trabajar el campo no es una cosa que no cueste esfuerzo y dinero. Y porque, probablemente -y esto ya entra dentro de otras apreciaciones, pero ahí lo dejamos- es más justo que quien nos da de comer cobre un sueldo justo y elevado que no que lo cobre quien le da una patada a un balón o quien hace una película en Hollywood [y que conste que nos encanta el fútbol y el cine].

Sobre la cuestión del precio, os proponemos que pongamos en una balanza qué gasto debe pesar más en nuestra vida y si nos gustaría que nuestro trabajo estuviera remunerado adecuadamente. Y que pongamos en una balanza, a nivel sociedad, si necesitamos toda la comida que consumimos.

Siguiendo el mismo argumento anterior, la sobre producción tanto agrícola, como ganadera, como industrial (producimos muchos más bienes de los que necesitamos y éstos no se reparten equitativamente) tiene un fuerte impacto ambiental, ya que acaba con la biodiversidad, y producen toneladas de residuos. Además, al estar los países productores muy alejados de los países consumidores, llevar los productos de origen a destino implica inmensas emisiones de CO2, en muchos casos, perfectamente innecesarias.

Hablando una vez con una amiga, fan de los kiwis, me dijo que ella solo los compraba de Nueva Zelanda, “por su calidad”. Traer 112 toneladas de kiwis (la capacidad máxima de Boeing 747, que ya que traemos que sean muchos) desde Nueva Zelanda a España emite 69.959.680 kilos de CO2, segun CeroCO2.org. En SentidoySostenibilidad lo lamentamos, pero nos duelen esas emisiones solo por un kiwi. Solo por un capricho. Sobre todo, porque en Galicia o en Asturias también hay kiwis estupendos. ¿Tiene sentido comprar manzanas chilenas, cuando en España tenemos manzanas excelentes?¿Naranjas marroquíes?¿Avellanas turcas? Ah, claro, es que son más baratas… ¿Son más baratas? Igual nuestro bolsillo paga menos por ellas en el momento de adquirirlas, pero ¿qué costes tienen añadidos? Amigos de la Tierra editó este vídeo sobre lo que llaman los Alimentos Kilométricos y sus “daños colaterales”.

Efectivamente, los alimentos ecológicos y el consumo responsable están lejos de ser aún todo lo ideales que deberían ser para solucionar los grandes problemas agrícolas, ecológicos,  comerciales y éticos de nuestro planeta. Como diría una abuela, “no son la purga de Benito”, pero no hacer nada al respecto, aún soluciona menos cosas.

Optar por el consumo responsable no debe ser un capricho pijo ni una manera de limpiar la conciencia de cada uno, sino una apuesta firme por una forma distinta de sociedad, en la que, sin perder de vista el beneficio económico y la generación de riqueza, ésta no quede limitada a unas zonas u otras, a unos sectores u otros, a unas poblaciones u otras… Una nueva forma de vivir en el respeto por el entorno, y eso incluye a las personas, a los seres vivos, y en general al planeta entero. Una apuesta por la cercanía, la austeridad, el reparto y la justicia, que, lamentamos que a día de hoy solo suene como una cancioncilla utópica para unos pocos. Que entre otras cosas, dedicamos parte de nuestro tiempo a escribir este blog. Y que ojalá algún día deje de ser una blog curioso para convertirse en lo que aspiramos: una auténtica guía para modificar nuestro comportamiento.

*Nuestro agradecimiento a Mikel Iturriaga y al blog El Comidista, de cuyo post  “La comida ecológica, ese supuesto lujo para pijos” hemos tomado prestados algunos enlaces.

¿Acabará el chocolate con otros cientos de variedades de frutas, verduras y cereales?

chocolateConocemos a pocas personas a las que no les guste el chocolate. Dulce, rico en antioxidantes, y con un innegable punto sensual, el consumo de este delicioso alimento se ha multiplicado coincidiendo con la llegada de los países emergentes a un nuevo status económico. Y es que el chocolate tiene su parte de identificación con el lujo y el placer.

El aumento de la demanda mundial de chocolate se ha incrementado en un 32% en relación con la misma hace 10 años, según el Wall Street Journal. Lo que es una buena noticia para sus agricultores, ya que los precios vienen subiendo de forma ininterrumpida en los últimos 29 meses…. Oh wait! No es una buena noticia para los productores, sino para los importadores, ya que, como indica la FAO en uno de sus últimos informes sobre la producción mundial de cacao:

“Uno de los principales obstáculos que han impedido la expansión de la elaboración de los granos de producción local no ha sido la capacidad transformadora en sí misma sino el alto grado de integración vertical de las empresas multinacionales de la industria del cacao y del chocolate, que en su mayor parte están desde hace muchos años en los países importadores. Lo que más necesitan los países productores son conocimientos técnicos eficaces y sofisticados en materia de comercialización. Mientras no se resuelva este problema, la ventaja de la adición de valor continuará distribuyéndose principalmente entre los países importadores tradicionales del cacao en grano y los ingresos de los productores seguirán siendo bajos”. Perspectivas a Plazo Medio de los Productos Básicos Agrícolas, FAO 2010.

Un incremento del precio y la demanda de cacao podría llevar tanto a las multinacionales compradoras como a los propios países productores a plantearse la posibilidad de eliminar otros cultivos menos productivos económicamente y volcarse en el cacao, más rentable y con mejor mercado que otros productos. En este documental podéis comprobar las condiciones en las que se trabaja actualmente en las plantaciones de cacao, incluida la explotación infantil.

Algo parecido a lo que sucede con el maíz en Estados Unidos. Actualmente, la superficie dedicada a la producción de este cereal representa un 24% (es decir, un cuarto) del total de superficie agrícola del país. Otro cuarto está dedicado a la soja. Ambos cereales, con infinidad de usos tanto en la industria alimentaria como en muchas otras, resultan muy rentables  lo que ha ido relegando a otros cultivos, hasta el punto de que, solo en Estados Unidos, de las 15.000 variedades de manzana  que existían a principios del siglo pasado, apenas quedan en las estanterías de los súpers unas 11 variedades.  Y eso que la manzana es considerada, prácticamente, la fruta nacional. Actualmente, diversas iniciativas intentan rescatar esas variedades perdidas mediante campañas de sensibilización.

No sólo Estados Unidos ha perdido una cantidad asombrosa de variedades de manzana -y estamos hablando de un solo país y de un solo producto- sino que en todos los países han desaparecido infinidad de variedades hortifrutícolas que no “daban el perfil” en una industria en la que se ha olvidado lo local y donde el objetivo es que solo sobrevivan aquellas especies capaces de durar mucho, viajar lejos y tener siempre aspecto casi de frutas de cera.
Sin olvidar las tácticas monopolistas de compañías semilleras como Monsanto, que han logrado hacerse con patentes de variedades de frutas, verduras y vegetales que deberían pertenecer a la Humanidad, pero en cambio, por todo tipo de malabarismos legales, son de su propiedad.

¿Sabíais que las zanahorias realmente son moradas? Como se explica en este artículo de Jardinería On, estos simpáticos y ligeros vegetales eran de cólor púrpura, y se convirtieron en naranjas mediante la manipulación humana en Holanda, con la intención de que fuera un vegetal digno de la corte de los Orange.

Para haceros una idea del nivel de especies que se han quedado en el camino, y que, quién sabe si tabla de variedades frutas y verduras desaparecidasno hubieran podido enriquecer nuestra gastronomía o solucionar problemas de escasez alimentaria, os adjuntamos este gráfico que publicó National Geographic en el que se contabilizan las variedades que ya no se cultivan de diversas frutas y verduras.

Resulta llamativo que, a más usos y mayor comercialización de un producto, menor es el número de variedades disponibles. Algo así como que en algunos casos -remolacha, maíz- solo han sobrevivido los más fuertes, los más rentables. Y ya ni hablemos de los OGM, que en el caso del maíz son, cada día más, variedades caníbales que van a reducir aún más la lista de supervivientes (sin entrar en las consecuencias a largo plazo que tenga el uso de productos genéticamente modificados).

No estamos hablando de ciencia ficción, sino de lo que pasa cada día en nuestras tiendas habituales. No hace tanto, resultaba prácticamente imposible encontrar una chirivía en el Mercado de Maravillas de Madrid (de hecho, había incluso tenderos que no sabían qué eran o que las confundían con las chirimoyas [!!!] ).

La creatividad gastronómica y los productores ecológicos locales están recuperando algunas especies con mucho esfuerzo. De hecho, esas zanahorias moradas de las que os hablábamos las podemos localizar ya en algunos mercados españoles, y no es difícil encontrar en tiendas de producción biológica productos como el colirrábano o el colinabo (que asustan a más de uno, pero que son realmente deliciosos cuando se aprende a usarlos) o las acelgas rojas. Y qué decir de las tagarninas, típicas del Sur de España, deliciosas. También la slow food está devolviendo protagonismo a cerales como la espelta o el kamut y legumbres como la almorta.

No hay que temer a los alimentos. Si lo ves en la tienda y no lo has probado nunca, cómpralo. Internet, ese gran zoco, te surtirá con recetas y modos de preparación para que descubras nuevos sabores, amplíes tu abanico de posibilidades culinarias, y de esta manera hagas tu dieta más rica y variada, a la vez que salvas una parte de nuestra herencia agrícola.

Volviendo al principio, si dispusiéramos de más variedades, controláramos nuestras ‘modas’ alimentarias incluyendo más productos y más variados, la demanda se dispersaría, los productores tendrían más donde elegir y la riqueza se repartiría. Nadie tendría que renunciar a cultivar nada para sustituirlo por otro cultivo más rentable. Quizás suene utópico e incluso ingenuo, pero no imaginamos un mundo en el que todo se reduzca a comer chocolate, trigo, maíz y soja [probablemente transgénicos y seguramente procesados].  ¡Qué gordo se nos pondría el trasero! ¡Qué tristeza!

Pescado transgénico

salmón
salmón
Salmón manifestándose en contra de que le modifiquen genéticamente.

Leyendo la prensa esta mañana nos hemos topado con un artículo El País que nos ha dejado francamente desasosegados. Canadá ha autorizado la comercialización de huevos de salmón genéticamente modificados para conseguir ejemplares de tamaño comercial en la mitad de tiempo. Aunque hacía tiempo que se sabía que se estaba trabajando en este campo, que se haya confirmado la autorización institucional ya es más preocupante.

A día de hoy, un salmón atlántico (la variedad más común en la gran comercialización) tarda unos tres años en alcanzar un tamaño óptimo, mientras que con estos nuevos huevos, patentados por la empresa AquaBounty, solo tardarían un año y medio.

Obviamente, hemos buscado rápidamente la página de la empresa y hemos llegado hasta la página en la que se describe el producto. Porque es un producto, salmones de marca AquAdvantage (TM),  fabricados para satisfacer las necesidades del mercado. El futuro de la acuicultura, como lo llaman los responsables de la empresa, son “salmones hembra estériles” que, criados en zonas protegidas para evitar que se escapen, aseguran que “reducen el impacto ambiental en la costa, eliminan la amenaza de contagio de enfermedades de la piscifactoría a la naturaleza y producen más pescado con menos alimento”. Según eso ¿qué se podría tener en contra? Es la solución perfecta para acabar con el hambre en el mundo. Pescado barato y saludable a bajo coste.

Pero ¿es necesario tener toneladas de salmón barato y bajo coste? Así, en plan demagógico, ¿nos están intentando decir que, a partir de ahora, los desnutridos del África subsahariana podrán comer salmoncito rico? No, nos tememos que la cosa no va por ahí.

Vaya por delante que no en Sentido y Sensibilidad no estamos a favor de los transgénicos, entre otras cosas, porque consideramos que el problema no es que falte comida en el mundo, sino que está mal repartida. Una cifra: en España cada año, cada familia tira 76 kilos de comida. Queda claro que, a día de hoy, no creemos que se pueda hablar de carencia de salmones (y tranquilos, la fiebre del sushi ya pasará, pronto será comida viejuna, que diría @mikeliturriaga).

Dicho esto, y como no podía ser de otra manera, vamos a revisar qué es lo que nos parece escandaloso de la generación de pescado (o cualquier otro animal) transgénico. También podéis consultar la versión de otras instituciones contrarias a la modificación genética como Greenpeace.

1. Aunque los expertos aseguren que no tienen peligro para la salud, cualquier modificación genética tienen riesgos ya que no sabemos qué efectos puede tener a largo plazo. No hay estudios concluyentes ni para el sí, ni para el no.

2. En el caso del salmón (la empresa también trabaja en truchas y tilapias) se usará una cadena genética de un salmón mayor, el salmón real, mucho más grande y otra de un pez de aguas frías que asegurará que la hormona del crecimiento se activará incluso a bajas temperaturas. Aparece la hormona del crecimiento, un elemento sobre el cual hay un amplio debate respecto a sí, administrado en animales, puede afectar al desarrollo humano. Hay datos que indican que las hormonas administradas a animales podrían tener un papel en cuestiones endocrinas como la diabetes, la obesidad o el aumento de peso del hígado, entre otros.

3. Estos peces serán producidos en granjas cerradas y controladas, y la empresa asegura que no es posible que los peces se escapen. Pero recordemos que los salmones no solo saltan sino que son especialistas en nadar contracorriente, y estas granjas estarán situadas en zonas de salmón salvaje, por garantizar su hábitat  (concretamente en la Isla del Príncipe Eduardo). ¿Qué pasaría si uno de estos salmones entrara en el medio ambiente? ¿Qué efectos tendría sobre el resto de la población de salmones? ¿Qué efectos tendría sobre los depredadores del salmón, como los osos? Es más, ¿una raza modificada genéticamente podría acabar siendo superior que las razas existentes, y aniquilarlas? (hay estudios que dicen que la liberación de 60 peces con modificación genética puede acabar con una especie en 40 generaciones, lo que llaman el Gen Troyano).

4. A estos salmones modificados ¿también se les alimentará con pienso de pescado? Pescado que come pescado, otra de esas “cosas raras” de la producción masiva. ¿Qué efectos puede tener sobre el propio pescado y sobre quienes lo consuman?

5. Lo que comentábamos al principio del blog, pero ampliado. ¿Necesita el mundo tanto salmón?¿Podríamos invertir el elevado coste de la investigación en modificación genética en buscar métodos de reproducción y captura sostenible y en educar a la sociedad en el consumo responsable? Suponemos que, como los niños malcriados que somos, resulta más fácil (y económicamente mucho más provechoso) darnos los caprichos y tenernos calladitos en lugar de evolucionar hacia unas técnicas de producción y reparto alimentario más justas con los ciudadanos (de todo el mundo) y con el planeta.

En Sentido y Sensibilidad solo esperamos que nos permitan elegir. Es decir, que se indique claramente, en grande y con datos en las etiquetas(*) la procedencia de los salmones y el resto de pescados para que podamos decidir si queremos adquirirlos o no.

(*) Este dossier de la Generalitat de Catalunya (en español) explica de forma sencilla y clara tanto el etiquetado como qué suponen los OGM (organismos genéticamente modificados) en el consumidor (visto desde un prisma institucional, obviamente).