Nuestro entorno nos importa una mierda

urban-traffic-577084-mSí, nos hemos dejado llevar y hemos puesto un titular amarillete. A ver si así alguien se da por aludido. Porque lo cierto es que comienza a ser urgente que nos pongamos las pilas si queremos salvar lo que nos queda de planeta y conseguir vivir en una sociedad y un entorno sano y en equilibrio.

Que un sector de la sociedad empiece a interesarse por la consciencia ecológica está muy bien. Pero recordemos que ser más consciente implica mucho más que comprar de vez en cuando en el super ecológico.

Según el último eurobarómetro de la UE, en España solo 1% de la población tiene como primera preocupación el Medio Ambiente, la energía y el cambio climático. Y los que lo tienen en segunda o tercera opción no llenarían el Camp Nou, nos tememos.
Para añadir una cifra, solo el 8% de la población española, según esta encuesta continental, considera que el Cambio Climático es un problema del que preocuparse.

Señores, tenemos un serio problema. Según el Eurobarómetro especial dedicado a la movilidad en las ciudades, solo un 15% de españoles usa el transporte público diariamente, y si nos metemos en el tema bici, solo un 4% de la población lo hace de forma habitual. Y eso que a nosotros nos sobra el sol y el buen clima.

Podemos adherirnos a las cifras, o a la simple experiencia en nuestras grandes ciudades. En lugares como Madrid aún existen muchos edificios cuya calefacción central funciona con carbón (es fácil ver, por Chamberí o Moncloa, camiones descargando en las carboneras de las fincas).  Y, sinceramente, eso es de echarse las manos a la cabeza.  La crisis, además, ha incrementado el uso de braseros, carbón y leña para calentarse en hogares sometidos a la pobreza energética. Es una solución, pero, obviamente, pan para hoy y hambre para mañana, porque el impacto en la contaminación ambiental es enorme.
No hace mucho, Madrid y Barcelona se despertaban con boinas de polución que, en algunos barrios incluso desaconsejaban la práctica del deporte… Y por supuesto, olvidémonos de usar la bici cuando solo vamos a (no) respirar.

Porque, como el entorno nos la trae al pairo, no hay problema en pasarse el día con la calefacción puesta a todo meter. De hecho, seguro que todos habéis escuchado al amigo que se vanagloria de ir por casa en manga corta en pleno mes de enero. Es invierno; ir tapados es lo suyo. No hace falta estar en ambiente tropical todo el año.

Tampoco vemos el problema en usar el coche para absolutamente todo. Por ejemplo, llevar a los niños al cole. Dando buen ejemplo a las nuevas generaciones. Enhorabuena. Somos capaces de meternos en el centro de una ciudad y tirarnos una hora buscando donde aparcar antes que «rebajarnos» a mezclarnos con la plebe en el transporte público. Da que pensar sobre nuestra falta (o nuestro exceso) de escrúpulos.

Tampoco nos duelen prendas, y nunca mejor dicho, a la hora de comprarnos ropa nueva cada dos semanas porque nos hemos cansado de la de la semana anterior. «Es que ya está pasada de moda», diréis. Almas de cántaro: la moda se pasa solo si nosotros queremos que se pase. Si nos dejamos llevar por ese consumismo descontrolado que nos transmiten las grandes cadenas textiles, que nos emiten mensajes en los que nuestra seguridad en nosotros mismos depende de nuestra ropa. O de nuestra tecnología, que también la usamos, tiramos y cambiamos como si fueran pañuelos de papel.
De la misma manera, seamos sensatos y no empujemos a nuestros proveedores de servicios a estar modificando constantemente su material/equipamiento porque nos parece antiguo. Recordad que todo, todo se puede reparar. Y no será el último modelo, pero la cosa es que funcione.

Conste que desde S&S no estamos en contra del consumo, en todo caso sí del consumismo. Consumir con sentido común nos va a permitir crecer a todos, consumir como descosidos no hace más que empobrecer nuestro espíritu, enriquecer a unos pocos y dejar en la miseria a los últimos eslabones de la cadena productiva. Con una economía consciente en la que todos trabajemos para todos, respetando el entorno y produciendo lo necesario, nos ahorraríamos en desperdicios, y os aseguramos, que teniendo lo necesario y colaborando a que todos los tengan, sin generarnos angustia por tener cada día más, se vive mucho más feliz.

Comprar en el super ecológico está muy bien, y es un gran paso. Pero hay miles de pequeños pasos que podemos, y a estas alturas, debemos dar.

  • Apagar un interruptor.
  • Dejar el coche solo para las ocasiones imprescindibles.
  • Reducir la calefacción y tirar de sudadera o jersey.
  • Reducir nuestros desperdicios.
  • Comprar ropa duradera, y solo la que realmente necesitamos para tener un ropero que nos de juego.
  • Comprarla en lugares que nos certifiquen su calidad, y sobre todo, la calidad de vida de todos los que participan en su producción.
  • Generar sinergias en tu entorno, comprando en el comercio local, producto local, participando en iniciativas que ayuden a crecer a tu barrio, denunciando y luchando contra la gentrificación.
  • Apagar los aparatos que no usas cuando te vas a dormir (que levante la mano quien no se deja el wifi encendido toda la noche).
  • Viajar con criterio sin explotar personal o medioambientalmente a las sociedades receptoras…

¡Hay tanto que se puede hacer y tanto que no hacemos porque como somos esos seres superiores del primer mundo, comodones y estupendos no queremos hacer!

A todo esto, y como reflexión final, pero no por ello menos importante, la conciencia medioambiental no es cosa de unos pocos hippies trasnochados. Ni debe ser un patrimonio exclusivo de los movimientos/partidos de izquierdas. En ese sentido nos horrorizó la frase que le dijeron a Carolina Punset en una reunión de Equo, algo así como que «es imposible ser verde y no ser de izquierdas».
Lo que es imposible, señoras y señores, es cuidar el planeta contando con solo unos pocos. Lo que es imposible es salvar lo que nos queda cerrando las puertas a los que «no piensan como nosotros». En esto tenemos que entrar todos. No se trata de ideologías, porque el sentido común no es una ideología. Aquí, o nos arremangamos todos, y en primer lugar aquellos que tienen a su disposición más medios, influencia y contactos o nos vamos todos al hoyo. Cuanto más sectario, excluyente y cerrado sea el movimiento verde, peor. Porque, sinceramente, nosotros en SyS tampoco querríamos ser «amiguitos» de algunas de las personas que se cuelgan la medalla de ser los más ecológicos de nuestro país, pero nos quitamos el sombrero ante lo mucho que hacen y queremos aportar también nosotros, sea cual sea nuestra opción política.

Pero la cosa no está en quien lo hace mejor. La cosa está en hacerlo, y a día de hoy y vistas las pruebas, señoría, insistimos: nuestro entorno nos importa una mierda.

Por qué la fruta ecológica es más cara

Si una cosa nos cansamos de escuchar, cuando le explicamos a amigos y conocidos que hemos optado por la fruta y la verdura de cultivo ecológico es el sempiterno «es que es mucho más cara».

Bueno, pues hoy os vamos a explicar por qué (y por qué no).

Todo empieza con cuatro letras: IPOD. Y no, no nos referimos al innecesario cacharrejo-deseo-artificialmente-creado de Apple, sino al Indice de Precios en Origen y Destino de los alimentos, en resuorganicsaladmen, el índice que mensualmente realiza la COAG (Coordinadora de Organizaciones de Agricultores y Ganaderos) para comparar a cuánto compran los intermediarios y distribuidores la fruta y la verdura, así como la ganadería, al agricultor/productor y a cuánto se vende en el mercado comercial de destino.

Os incluimos la reproducción del índice del pasado mes de diciembre de 2014, un mes especialmente «divertido» porque vienen las Navidades y a todo el mundo se le escapa «el dedito» cuando decide el precio en las etiquetas.

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Aunque se nos antoja bastante innecesario comentar, vamos a indicar algunos datos, como por ejemplo, que la diferencia entre precio origen-destino, que indica el número de veces por las que se multiplica el precio entre el agricultor y  «la mesa»  puede superar hasta las 10 veces y de media está entre las 3 y las 5. Esas diez veces implican un 1000% porcentual de incremento del precio.

Entendemos que cualquier producto entre origen y destino debe tener el sobrecoste que implica el transporte y manipulación del producto, además del margen comercial de los distribuidores, pero que los precios se multipliquen por 10, y que el agricultor, por ejemplo, en el caso de los limones, sólo se lleve 0,16 € por kilo, mientras por el camino su producto acaba costando un 1000% más, es como para pensarse seriamente a quién le estamos dando nuestro dinero.

A todo esto, sumemos que los productores españoles se encuentran con la competencia  (desleal) de productores aún más económicos. Por ejemplo, en los cítricos. Sí, resulta increíble, pero hay productores que reciben menos de 0.16 euros por kilo, no queremos pensar las condiciones de esos agricultores, de sus tierras y las técnicas que usarán para que ese precio les compense a la hora de producir. Y luego también nos encontramos otras tácticas que nos fascinan, como la venta a pérdida, para convertir un producto en gancho de otros que se pueden comprar en una gran superficie comercial. Especulación se le llama a esto. Tu limón no es muy distinto de ese piso que compraste en la época del pelotazo y que ahora pagas a sobre precio con mucho esfuerzo.

Luego, igual te limpias la conciencia comprando una barrita de chocolate de comercio justo ecuatoriano, pero fíjate que aquí también hay muchos productores que están trabajando duro y que también son víctimas de un comercio no injusto, si no injustísimo. Y ahorrémonos el típico comentario al respecto de los agricultores españoles que «están subvencionados y prefieren tirar la fruta». Igual si la cobraran a un precio justo no haría falta ni la subvención, ni tirarla, y además, el campo volvería a ser un lugar atractivo para los miles de españoles que no ven claro su futuro laboral.

Dicho esto, vamos a hacer una comparativa de precios en destino, usando los de este cuadro de COAG y los últimos precios de nuestros amigos de Semilla Nativa, una iniciativa que trabaja directamente con los productores, saltándose prácticamente todos los pasos intermedios.

Limón convencional 1,76 €/kg  – Limón ecológico 2,00 €/kg
Mandarina conv.         1,84 €/kg – Mandarina eco    2,00 €/kg
Platano conv.               2,22  €/kg – Plátano eco            2,70 €/kg
Brócoli conv.                 2,02 €/kg  – Brócoli eco            2,40€/kg
Ajo conv.                          5,38€/kg –  Ajo ecológico        5,40 €/kg
Acelga conv.                  1.87 €/kg-  Acelga Eco               1,50€/kg

Como podréis observar, en estos productos las diferencias de precio son mínimas, no más de 50 céntimos, y en algunos casos, incluso son más baratas las ecológicas, como en el caso de la acelga, que en Semilla traen de la misma Comunidad de Madrid, con el ahorro económico y de recursos que eso supone.
También hay otros productos, un buen número de ellos,  en los que la diferencia de precio es mayor, por ejemplo, la patata (conv. 0,62 €/kg, eco 1,40 €/kg), o incluso el doble, como el pepino (conv. 1,56 vs. eco 3,35) o el repollo (conv. 1,22 vs. eco 2,50).

Así que sí, la fruta ecológica es más cara.

Ahí vamos con la explicación. Como habréis observado con las cifras del IPOD, la diferencia entre el precio que pagamos por la fruta convencional y el que recibe el agricultor es abismal. Y ahí está el ahorro. En la fruta y verdura ecológica –y siempre en aquellos negocios que están alineados con la filosofía sostenible, y ojo que no son todos– el porcentaje del precio final que repercute en el agricultor es muchísimo más elevado. Eso les permite, no solo vivir mejor y recibir un sueldo justo por su labor o trabajar cómo les dé la gana, sino que además les permite reinvertir en sus campos, no depender tanto del clima y la producción para sobrevivir, cultivar libremente las variedades que desean, innovar en sistema de protección y mejora de los cultivos sostenibles, dejar descansar a la tierra cuando toca, respetando su calidad y nutrientes, y un largo etcétera que finaliza en que en nuestras mesas tenemos fruta de mucha mejor calidad, más sabrosa, y con una excelente capacidad de conservación.

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¿Habéis sumado los costes medioambientales, laborales y sociales (por ejemplo, en los países que exportan fruta a precios de risa) que tiene la agricultura convencional al precio al que la pagáis?

¿Creéis sinceramente que los agricultores solo merecen ganar 0.16 euros el kilo de limones, mientras los demás, ese mercado especulativo tremendo tras los grandes centros de distribución, se lleva 1,66 euros por kilo?

¿Consideráis justo que buena parte de la producción española convencional acabe en el extranjero o desperdiciada [en Europa se desperdicia un 20% de la producción agrícola] porque al agricultor el precio de venta no le cubre ni siquiera los costes?

¿Os dais cuenta de que, a menudo, compramos verdura convencional solo porque nos parece barata, no la consumimos, entre otras cosas porque no sabe a nada, y la acabamos tirando y que con lo que gastáis en lo que tiráis os sobraría para comprar ecológico con sentido común e iros de cañas?

Y ahora ¿sigue siendo más cara la agricultura ecológica?

 

 

 

 

 

No es solo qué compramos, sino cómo compramos

Aunque en SyS siempre hablamos de que, para empezar en esto del consumo responsable, hay que tomárselo con calma e irse acostumbrando poco a poco a una nueva forma de consumir, esta vez queremos dar un paso más para que vosotros también deis una vuelta de tuerca a vuestra rutina de compra.

No siempre consumir productos con etiquetas de certificación nos garantiza que estemos haciendo el consumo más responsable. Las grandes distribuidoras de alimentación han visto el mercado que, afortunadamente, se está creando entorno a los productos bio y de comercio justo y no han querido perder tajada. Por eso, han generado sus propios productos de marca blanca que claro, son más baratos, pero no siempre son realmente justos y se llevan por delante a pequeñas fábricas que realmente creían en el comercio justo o dejan en la estacada a productores.

Consumir con responsabilidad implica apoyar un cambio de sistema comercial en el que lo principal sea la redistribución justa de los beneficios, la promoción y el bienestar de los productores y la posibilidad de equiparar las posibilidades de crecimiento de las sociedades productoras con las de las receptoras. Y sobre todo, no olvidar que el consumo justo  y responsable no solo se practica cuando se compra cacao de Nicaragua, o piñas de Costa Rica, porque en nuestros países también hay productores que se esfuerzan por hacer un buen trabajo y que también sufren las condiciones abusivas de grandes distribuidoras e intermediarios. Ni que decir tiene, que es fundamental apoyar a nuestro pequeño comercio de proximidad por básicamente los mismos motivos.

Para no extendernos más, y como unas imágenes valen más que todas las palabras, os dejamos este documental que os ayudará a hacer una selección  mejor de los productos de vuestra cesta de la compra. Seguramente os gastaréis algún eurillo de más, pero después de ver este vídeo seguro que valoraréis que vale la pena.

 

Unas Navidades sostenibles

Quien más y quien menos siente que la Navidad ha perdido buena dinner-1144569-mparte de su sentido, ahogada por el consumismo desmedido y por la ingesta descontrolada de comida y bebida bajo la premisa de que en Navidad «hay que pasárselo bien».

Pero estas fechas, cuyo mensaje principal debería ser el amor más que el uso desmesurado de recursos, pueden vivirse de otra manera. Y no estamos hablando de religiosidad o moral, sino, sobre todo, de conciencia. En SyS os proponemos una serie de tips para que celebréis la Navidad de otra manera, y para que esa nueva forma de abordar la vida no se quede solo en un buen propósito de Navidad, sino que vaya calando en nuestro día a día.

Las comidas navideñas

¿Realmente es necesario comprar un bogavante, llenar la nevera de aperitivos preparados, inflarse a polvorones y turrones? No decimos que no disfrutemos de los dulces y platos típicos navideños, pero podemos mejorar nuestra salud y respetar el medio ambiente si tenemos en cuenta unas pocas reglas. Para ello, nos ayudará mucho el proyecto de WWF «Live well for LIFE», una iniciativa en la que especialistas médicos en nutrición y especialistas en sostenibilidad han diseñado una serie de consejos que nos permitirán llevar una vida más saludable a la vez que cuidamos nuestro planeta. Los principios Livewell son los siguientes:

  • Come más vegetales – disfruta de la fruta y las verduras.
  • Come diverso – alégrate la vista con un plato variado y colorido.
  • Aprovecha mejor la comida – un tercio de la comida que se produce en el mundo acaba en la basura.
  • Come menos carne – prueba otras fuentes de proteínas. Además, la carne puede ser un complemento al plato en vez del ingrediente principal.
  • Come menos alimentos procesados – suelen consumir más recursos para su producción y contener niveles altos de azúcar, grasas y sal.
  • Compra alimentos certificados – como el MSC para el pescado, los procedentes de agricultura ecológica o la ganadería extensiva.

Efectivamente, nada que no se haya dicho ya en muchas ocasiones, en este blog y en muchos más sitios, pero los responsables de esta campaña aseguran que si esta dieta se extendiera entre los españoles, se reduciría en un 25% nuestra huella ecológica. Y por supuesto, mejorarían nuestras cifras de colesterol, obesidad, problemas cardiovasculares, etc.

En Navidad, sustituye los entremeses de fiambres por crudités con alguna salsa divertida, ensaladas, o verduras asadas. Si sois de pescado, ¿qué tal una buena lubina al horno en lugar de marisco llegado desde el cono Sur? Además, si el marisco no se consume tiene poco aprovechamiento en cambio, lo que sobra de pescado puede convertirse en ricas croquetas, canelones de pescado o un chupe chileno. Los responsables del proyecto Livewell también nos ofrecen una alternativa de menú navideño delicioso y sostenible.

Los regalos de Navidad

A nadie se le ocurre pasar por estas fechas sin comprar regalos. Aunque es perfectamente posible, y aunque tenemos todo el año para demostrar nuestro amor a los demás de manera material, si llega el punto en que tenemos que adquirir regalos, también podemos hacerlo desde un punto de vista sostenible.

Un buen ejemplo es regalar cosas «no materiales», por ejemplo, regalar un curso o un taller, una cata de vinos, una jornada en un spa, compensar parte de su huella de carbono aportando una cantidad para la plantación de árboles… Es una manera de hacer un regalo que no implique un objeto que haya tenido que ser producido únicamente para este fin. Huyamos de los «pongos» de toda la vida. A nadie le gustan ni las figuritas, ni los ganchitos, ni los marcos de fotos, ni los objetos graciosos (que tienen gracia dos minutos)  y todos, indefectiblemente, acaban en la basura o arrinconados por ahí, o sea, convertidos en residuos.

Si no hay maś remedio que comprar algo «material», opta por algo práctico y prioriza los objetos de comercio justo y certificados (maderas FSC, plásticos libres de BPA y reciclados…) Visita los anticuarios y chamarileros (o los mercadillos estilo Rastro o Encants), donde podrás encontrar cosas bonitas que merecen una segunda oportunidad, de manera que contribuyas a la reducción de la sobreproducción de bienes.
También puedes regalar comida. Además, es una excelente manera de invitar a tus amigos a descubrir la comida sana y la ecológica. Un simple cesto con algo de fruta de cultivos responsables, una buena botella de vino, una selección de dulces artesanales… Lo ideal, además, sería que lo compraras en tu barrio, donde seguro que tienes una buena oferta de comercios que te pueden ayudar y aconsejar. Así ahorras en gasolina, y seguramente en la angustia de caminar por las calles del centro en Navidad.

Y  a los amigos que quieran regalarte algo, no tengas problema en decirles qué quieres. Si no lo haces, corres el riesgo de que te regalen un residuo potencial, así que…

El espíritu navideño

¿Existe? Creemos que en su momento quizás existió pero ahora no es más que una especie de alucinación que dura justo los días de las fiestas y que se interpreta como una necesidad imperiosa de ser buenos, aunque luego seamos lo peorcito. Este año ¿por qué no te lo tomas en serio? Que la Navidad sea solo el pistoletazo de salida para un año en el que el hacer algo por los demás y por tu entorno forme parte fija de tu agenda semanal.  Busca un voluntariado que te motive, selecciona una organización a la que ayuda, no solo económicamente, descubre qué iniciativas hay en tu barrio a las que podrías echar una mano. Te sorprenderá lo fácil y motivamente que es dejar de mirarse el ombligo un rato.

El buen propósito de año nuevo

Dejar de fumar o de beber, ir al gimnasio, comer menos… La mayoría de propósitos de año nuevo están pensandos hacia dentro, hacia nosotros, y en la mayoría de ocasiones lo hacemos un ratito y con poco convencimiento. La fuerza de voluntad es un bien escaso. Este año, propongámonos algo hacia fuera. Algo que contribuya no solo a nuestro bienestar si no al de todos. Propongámonos consumir menos, reducir nuestros residuos, reciclar mejor, comprar menos alimentos preparados, buscar una actividad de conservación natural que nos mole, reducir el gasto de papel de nuestra vida, dejar el coche más a menudo en el garaje, relacionarme más con mis amigos/vecinos/ciudad, participar en actividades comunitarias de cuidado del entorno, reducir mi consumo energético, comprar menos ropa y zapatos e intentar sustituir la compra por la reuitlización, o los productos sostenibles, comer más verduras, comer menos carne, usar más el transporte público, caminar más,… Hay cientos de buenos propósitos sencillos que nos permitirán comenzar el año con una misión que, al final de estos 365 días de 2015 nos harán dar cuenta de que ser  más austeros bien vale la pena.

Vivir con residuos cero

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Nos ha encantado leer la experiencia de Lauren Singer en SModa, una chica de 23 años de Nueva York que asegura haber conseguido vivir con residuos cero. ¿Cómo lo ha logrado? Comprando a granel, reutilizando absolutamente todo, comprando en tiendas de segunda mano, haciendo sus propios productos de limpieza o llevando la ropa usada a reciclar.

En su blog Trash is for Tossers nos cuenta cómo lo consigue,  usando desde la imaginación para fabricar productos y herramientas, hasta la compra a granel o el redescubrimiento de viejas profesiones que nos facilitarían mucho la vida si las usáramos más a menudo y más sabiamente, como ya comentamos en otro post de este blog.

La pregunta que nos hacemos es ¿sería posible lograr los residuos cero en España?  Con más de esfuerzo, pero sería posible. Como todo en este país, depende de la zona en la que vivas para saber si te será más o menos fácil lograrlo. Por ejemplo, Barcelona, Baleares y Euskadi disponen de tiendas «Granel», que venden específicamente productos sin empaquetar. En Madrid hay alguna cosita discreta al respecto (por ejemplo, las tiendas Natura Sì tienen zona a granel, y La Magdalena de Proust te permite rellenar tus botes vacíos de productos de limpieza).

Pero también hay acciones más humildes que tienen mucho que aportar a la reducción de residuos en nuestro día a día. Por supuesto y en el número uno de la lista, abandonar definitivamente las bolsas de plástico (de hecho, la administración debería prohibirlas). Ni una más. Lleva siempre en un bolso una bolsa plegable, y si vas a comprar mucho, utiliza un carro de la compra que, además ¡tiene ruedas! Comprar en el mercado de tu zona no solo te ayudará a comprar producto local y reforzar el comercio de tu barrio, sino que te permitirá, si llevas bolsa o carro, reducir el gasto de bolsas, ya que puedes introducir los productos directamente en el carro. Lleva fiambreras para comprar el embutido  o el pescado (bastará con que el tendero pese el envase y lo indique como tara en su báscula) o recupera la vieja y querida bolsa del pan (y la de la merienda para tus peques en el cole).

Y no solo cuando vayas a comprar comida. No aceptes que te pongan la ropa o los zapatos en bolsas de la tienda (entre otras cosas, porque te están convirtiendo en publicidad ambulante gratuita, y no te hacen ni un triste descuento por tu aportación a su imagen de marca).

Pon en el número uno de tu lista las tiendas vintage o de segunda mano para comprar tu ropa. Hay auténticas joyas de firmas de prestigio y le darás una segunda vida a muchas cosas. Y lo mismo se aplicaría, por ejemplo, a la tecnología. Si todos aprendemos a no querer la última chuchería electrónica, sino algo que sirva para algo concreto, podremos recurrir a la segunda mano para solucionar nuestra necesidad (ojo, una necesidad que sea real).

En nuestra experiencia personal, lo más complicado es el tema de los envases.  Por más que intentemos comprar a granel o productos con pocos envoltorios, al final, nuestro cubo de selección se llena con sorprendente facilidad. Y lo peor es que, por ejemplo en el caso de la ciudad de Madrid, el sistema de reciclaje es tan deficiente que no sabemos si el esfuerzo de separar tiene algún tipo de recompensa. Teóricamente, el contenedor amarillo sirve solo para envases, latas y briks, no para plástico en general, que al parecer debe llevarse al Punto Limpio, el santo grial del reciclaje en algunos barrios.  Por ejemplo, en Chamberí no hay un punto limpio fijo y hay que perseguir al móvil por las zonas y horarios establecidos por el Ayuntamiento (a menudo poco realistas para las personas que trabajan). En los distritos donde sí hay punto limpio fijo, suele estar donde Marco Polo perdió el mechero, lo que a menudo supone que para llevar los residuos a su sitio tengas que contaminar usando un transporte privado.
Una vez en el Punto Limpio la cosa no mejora, porque hay ciertos tipos de productos que no seleccionan (como por ejemplo, los espejos) y que directamente te dicen que los tires a un saco de obra. Y sinceramente, no nos queda demasiado claro si algo tan contaminante como un espejo llega al lugar adecuado dejándolo por ahí.
Otras localidades como Barcelona, o incluso en la Comunidad de Madrid, Parla que dispone de recogida selectiva neumática, son mucho más precisas a la hora de permitir separar la basura. En Madrid, no existe lugar para el desecho (por ejemplo, el material higiénico usado, los pañuelos de papel, etc…) Solo falta tener que llevarse la bolsa en el autobús a otra localidad para poder depositarla en su sitio adecuado.

¿Qué hacemos con la ropa vieja? Algunos puntos limpios suelen recogerla, pero podemos reciclarla donándola a roperos de caridad o usarla para crearte nuevas prendas o cosas para la casa como demuestran los amigos de Ecocosas.  No es cuestión de ser un artista ni de ser un flipado que no tira nada, es que hace no tanto, nuestras abuelas hacían lo mismo. Recordamos la historia de una tía abuela que deshacía jerseys viejos que le daban los vecinos y con la lana que sacaba tejía cuadritos de ganchillo que luego convertía en cojines, bufandas, colchas, etc… Pero como demuestra el enlace que os hemos adjuntado, no hace falta ser tan superhabilidoso, simplemente, un poco de imaginación y ganas de no desperdiciar nada.

Incluso con las dificultades con las que nos encontramos a la hora de reciclar en muchas ciudades españolas y la falta de recursos que otros países sí tienen, como los envases retornables,  aún hay mucho que podemos hacer. Abandonar las bolsas de plástico, los vasos, cubiertos y servilletas de papel, y cambiarlos por vajillas, tazas, botes o servilletas reutilizables, reducir el uso de plásticos y optar por el cristal, la tela, la madera reutilizada, etc. Asegurarnos que lo que pretendemos tirar a la basura no tiene algún uso en nuestro hogar o en el de algún amigo. O si no podemos donarlo o venderlo en alguna tienda de segunda mano física u online.

Pongámonos un buen propósito para 2015. Decidamos dejar de tirar algo de nuestra vida cotidiana. Dejemos de comprar en envases de plástico, o de tirar ropa, o de tirar libros… Dejemos de tirar y comencemos a usar con cabeza. Aunque solo lo logremos con algo pequeño y a priori sin importancia, lo cierto es que  habremos dado un primer gran paso.