Esta Navidad, regálame algo útil

Tras pasar la fiebre consumista y absurda del Black Friday y el Cyber Monday, y la no menos consumista aunque “buenista” del Green Friday [señores, la cuestión no es consumir verde, es consumir menos], creo que toca dar ideas para que aquellos que no se han dejado llevar por la vorágine aún puedan plantearse hacer regalos más sostenibles.

Una cuestión clave de un regalo sostenible, bajo el punto de vista de SyS, es que sirva  para algo. Y si vas a optar por cuestiones superfluas (decorativas, simpáticas), al menos, que sean de segunda mano. No hace falta producir más objetos inservibles.

handmade-1500101-639x524El mundo de la segunda mano es un lugar maravilloso para hacer regalos de Navidad sostenibles, útiles y con personalidad. Un truco infalible para triunfar al hacer un regalo es haber escuchado a la persona a la que le vas a regalar. Si te has molestado en estar atento te habrá dado miles de pistas que te servirán (y ojo, no nos referimos a escuchar las cosas de deseo compulsivo que se manifiestan después del bombardeo publicitario, nos referimos a las cosas que realmente nos salen del alma durante todo el año). El amplio mercado de segunda mano, los mercadillos, rastros y tiendas reto te ayudarán a encontrar ese objeto que realmente significará algo: un libro descatalogado que ese alguien querría haber leído o que leyó de pequeño y le epató, ese disco en el que está su canción y que nunca se compró, esa vieja radio que le gustaría tener para dedicarse a restaurarla, la camiseta de su equipo de cuando jugaba su ídolo, esa colección de cromos o ese cómic de su infancia. ¡Y no te gastes un dineral en envolverlos!… Regalar desde el corazón es infalible.

Porque ese es otro punto importante para un regalo sostenible: no hace falta que sea un portaaviones, cualquier pequeño detalle que denote que te interesas por el otro basta.

Regala cultura. Obviamente, tiene un coste producirla, pero aporta momentos de placer y no entiende de obsolescencia. Puede ser o no de segunda mano, pero apoyar las nuevas obras es siempre un acierto. Un buen cómic, un libro, una entrada para un concierto o el teatro, traspasa siempre lo puramente material.

También puedes regalar vida, por ejemplo, una planta. Un elemento que acompañará al agasajado todo el año y que, si es un poco reacio a esto de la sostenibilidad, igual le hace coger un poco de cariño a su entorno natural.

O regala una experiencia: un viaje, una cena, un masaje… Algo que quede el recuerdo, que permita vivir un momento especial.Ojo con esas “cajas de experiencias” tremebundas que gastan enormes cantidades de papel y plástico para que a cambio te lleves una limpieza de cutis, de la cual, quien finalmente la haga apenas recibirá un pequeño porcentaje de lo que pagaste. Si quieres regalar un servicio, busca a un buen proveedor (si tiene conciencia ecológica mejor) y compra una tarjeta regalo o pacta la forma en la que el receptor podrá disfrutar el presente. O, hazlo tu mismo: prepara una buena cena, comparte tus conocimientos para ayudar en algo a esa persona, monta una ruta divertida…

¿Y si regalamos algo que no sea para el que lo va a recibir?  Porque otra opción es dedicar ese dinero que destinarías a regalarle algo a tu ser querido a una causa por la que él/ella se pueda sentir interesado. Hacer una donación en nombre de alguien por Navidad puede ser un presente perfecto que respete el espíritu con el que estas fiestas nacieron.

Y sobre todo, sobre todo, si te decides por regalar como te sugerimos, no regales solo en Navidad. Nuestros seres queridos lo son todo el año, y hay que demostrarlo siempre. No te dejes llevar por el tempo de las empresas y la publicidad. Si te apetece, regala. Cuando quieras. Siempre.

 

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¿Crees en la economía colaborativa?

Me da rabia acabar siempre con esta decepción respecto de la raza humana, así en general, pero es que me ponen muy fácil sentirme decepcionada con el uso que hacemos de cualquier buena idea  que se nos ocurre.

Esta vez, la “víctima” es la economía colaborativa, una idea espléndida sobre el papel pero que ha acabado convirtiéndose en un negocio que abusa de los trabajadores, de la legislación y de los gobiernos. Eso sí, da pingües beneficios.

La economía colaborativa está basada en la filosofía de compartir aquello a lo que no das un uso o uso completo a través de medios electrónicos para que otras personas le puedan sacar beneficio. Por ejemplo, sería compartir esa pistola de silicona que compraste una vez para una reparación puntual y que ya no usas, con personas que la puedan necesitar puntualmente, evitando así que se haga una nueva compra, y por tanto que se tenga un nuevo producto con lo que eso supone de generación de residuos, huella ecológica etc.

A priori, una idea estupenda. ¿Qué solo usas el coche el fin de semana? Pues préstaselo a alguien que lo use entre semana. ¿Qué tienes unacarsharing-1445469-639x436 boda y no tienes vestido? Pues busca a alguna otra persona que se comprara un vestido para una boda y que te lo preste. Pero, ¿qué sucede cuando “se ve el negocio”?

Suceden cosas como Uber o Air b’n’n. Pero vayamos por partes… ¿Existen ejemplo de economía colaborativa que mantienen su esencia? Mi experiencia es que sí, pero generalmente a pequeña escala. Es el caso de La Guindalera Reutiliza, una página de Facebook de la que hemos hablado en otras ocasiones y que permite a los vecinos de un barrio de Madrid intercambiar objetos que ya no utilizan, o solicitar donaciones o préstamos de cosas que necesitan. No hay intercambio económico de por medio, ni empresas que gestionen el intercambio, por lo que nadie se lucra, y en cambio, todos salen ganando.

Otros ejemplos de consumo colaborativo serían los grupos de consumo, o las plataformas en las que grandes grupos de gente se reúnen para comprar algo al por mayor y sacar así un precio más provechoso. También son formas de economía colaborativa, por ejemplo, los bancos de tiempo, en los que los usuarios ofrecen un servicio en el que son muy hábiles a cambio de otros servicios que puedan necesitar en el futuro, como el clásico ejemplo del que sabe guitarra, y le enseña a un niño y las horas que enseña a ese niño las intercambia por horas de clase de inglés con otro miembro del banco, y a su vez, ese profesor de inglés intercambia sus horas con el padre del niño que es lampista, y que le arregla un desperfecto casero.

Hay otras plataformas con esa filosofía que se han realizado con medios limitados y que funcionan perfectamente siguiendo los principios del intercambio provechoso de bienes y servicios.  Pero como anunciábamos antes, también ha habido quien ha visto en la economía colaborativa un negocio.

Porque sí, la idea es que todos saquemos un beneficio de colaborar, y además que el beneficio sea equiparable. Y no es el caso de las empresas más famosas que se atribuyen esta etiqueta.
Empezaré por un dato: Uber la empresa de compartir coche con chófer estaba valorada en 2014 en 18.000 millones de dólares. Seguramente, ninguno de los participantes en esta iniciativa saca por su trabajo nada parecido.
Uber, Air b’n’b, Blablacar y otras plataformas similares han puesto su conocimiento y tecnología al servicio de estas iniciativas de compartir bienes y servicios, y por tanto, deben recibir algo a cambio de esa tecnología y esos conocimientos. Pero obviamente han superado con creces el equilibrio entre lo ofrecido por ellos y el servicio que ofrecen individualmente cada uno de los participantes. Y además, en cada vez más ocasiones, convirtiéndose en competencia desleal para las empresas que tradicionalmente han ofrecido estos servicios, véase hoteles, taxistas o compañías de transporte.

Efectivamente, los que comparten sus casas, coches, etc, reciben un dinerito, que seguramente a mucha gente vendrá muy bien, pero ¿juegan con las mismas reglas de juego? Seguramente, el hecho de que una habitación en de Air b’n’b resulte más económica (oh wait, en Barcelona ni siquiera así existe el alojamiento asequible) tiene que ver con que los que la ponen en alquiler no deben pagar impuestos relacionados con la explotación de esa habitación, ni pagan seguros, ni trabajadores, etc… Es verdad que a muchas personas hacer viajes como chófer de Uber le salva el mes, pero esas personas están jugando con reglas distintas de las que debe seguir un taxista, que paga una licencia, unos impuestos, un seguro de viajeros, etc. Y desde luego, lo que representa en ganancia para el “trabajador” final de estas empresas, son minucias comparándolo con los beneficios inmensos que representan cada una de estas tareas a la empresa. Es que no hay nada como tener miles de trabajadores a los que no pagas tú, a los que no cotizas, a los que no abonas un seguro, a los que no tienes que facilitar beneficios sociales ni nada parecido. ¿Qué pasa si un conductor de Uber se lesiona o fallece? Pues eso. ¡Eh! Y seguro que hay empresas de transporte, hoteleras y de otros servicios similares que no son unas santas, pero ya lo de la pretendida económica colaborativa “empresarial” me resulta indefendible.

¿Significa todo esto que estoy en contra de la economía colaborativa? Desde luego que no. Al contrario, me parece una de las mejores maneras para luchar contra la sobre producción, los residuos y para reducir la huella ecológica de nuestras sociedades. Además, me parece una forma muy interesante de enlazar comunidades. Pero cuando esta se hace con principios y ética, y cuando su objetivo es compartir y colaborar, y no lucrarse. Y desgraciadamente en muchos casos, en la mayoría de hecho, no es así. Mucho tendrán que repensar las administraciones las legislaciones regulen la economía colaborativa, aunque me temo que, como siempre, los lobbies de las empresas que tantos beneficios están logrando conseguirán que al final ellas salgan ganando, como siempre.

Una vez más, los humanos somos capaces de convertir cualquier buena idea en una forma de explotar a los demás, de pensar en sacar beneficios, y si de paso es sin escrúpulos y haciendo trampas mejor.

 

La perversión de lo ‘bio’

Tras un descanso, vuelvo a darle a la tecla, esta vez inspirada por un artículo que tuve la ocasión de leer este verano en la revista francesa Nexus relacionado con los modelos agrícolas y el impacto del aumento de interés en los productos ecológicos. (Podéis consultar extractos del artículo aquí)

En resumen, el artículo se preguntaba si, realmente, la eclosión del consumo de productos biológicos estaba significando una mejora en la vida agraria. Me pareció un tema muy interesante y que merece una reflexión seria por parte de aquellos que hemos optado por la alimentación sostenible.

Porque una vez más, el sistema económico voraz en el que vivimos ha pervertido el sentido de lo que podría (y esperemos que aún pueda) ser una solución para dignificar la vida agrícola y abrir nuevas posibilidades de crecimiento tanto a nuestro medio rural como al de los países del Sur.

Y es que es evidente que la agricultura ‘bio’ se está industrializando. Aferrados a unas certificaciones que básicamente exigen cuestiones relacionadas con el cultivo y el producto y no con las formas de producción, algunas empresas de explotación agraria pueden ofrecer al consumidor productos certificados que han sido producidos cometiendo los mismos “errores” que la agricultura convencional.

La agricultura y la ganadería bio no puede ser solo una cuestión de producto. Ha de ser una cuestión de concepto. No vale de nada que el tomate que tengo ahora en mi tupper sea ecológico si se ha cultivado en un enorme invernadero de Almería, aplicando técnicas de la agricultura industrial intensiva, con enormes beneficios para las compañías y con la misma precarización de sus empleados. No me sirve de nada que tal o cual gran empresa alimentaria o gran cadena de distribución me ofrezca su chocolate (de marca o de marca blanca) con el sello de agricultura ecológica, pero que para producirlo se siga empobreciendo una zona de un país subdesarrollado.

calf-1409394-1279x852.jpgComo aborda el artículo de Nexus, a los que estamos concienciados con un acercamientos sostenible al desarrollo humano no nos vale con tener productos bio. Nos hace falta un cambio de paradigma. Una nueva forma de producir, una agroecología, que garantizará no solo el abastecimiento de todos (es una falacia lo de que no hay comida para todo el planeta, cuando se desperdicia lo que se desperdicia) sino que salvaguardará el planeta y dotará de dignidad al trabajo rural.Resulta muy curioso que, el aumento de consumo bio no implique un aumento proporcional de agricultores o ganaderos que cambian a este sector, porque en realidad, las condiciones y las esclavitudes de la agricultura industrial no se lo permiten.

¿Cómo cambiar el paradigma? Aquí cito algunos de los elementos que sugiere el artículo:

  • Alimentar el suelo en lugar de alimentar a las plantas (modificar los procesos de fertilización y el respeto a la tierra).
  • Producir alimentos, más que derivados industriales.
  • Elegir un tipo de explotación agraria a tamaño humano, más que solamente productivista.
  • Privilegiar los circuitos cortos de transformación y comercialización.
  • Recuperar las antiguas semillas de especies locales, adaptadas al clima y las condiciones y que garantizan la biodiversidad.
  • Reducir el consumo de agua.

Tenemos un ejemplo reciente de lo que implica no cambiar el paradigma en lo que está sucediendo en el Mar Menor. La industrialización y la explotación indiscriminada, con fines productivistas, de la huerta murciana y sus recursos hídricos han convertido a una zona única en el Mediterráneo, de gran valor medioambiental, en un enorme pozo negro. Y total, ¿para qué? Si cuando vas al gran distribuidor alimentario a hacer la compra te vas a encontrar con pimientos marroquíes o turcos, si los ingredientes de la mayoría de alimentos procesados que vas a consumir proceden de la otra punta del mundo.

La gran industria alimentaria nos asustará diciendo que es imposible alimentar al mundo con un sistema agrario orientado a lo local y a la conservación del entorno. Por supuesto, tienen su culo en juego. Pero no hay razones para dar pábulo a ese bulo. Eso sí, nosotros, los consumidores, tenemos que ser los primeros que forcemos ese cambio de paradigma.

Lo hemos dicho mucho en este blog, y no nos cansaremos de repetirlo. Somos los que pagamos y por tanto, si nos concienciamos, vamos a ser los que decidamos. Renunciar a manzanas brillantes y rojas, y comer manzanas deformes y abolladas no va a suponer un trauma en nuestras vidas. Que nuestros hijos crezcan comiendo yogures de leche española y no yogures de leche francesa, holandesa o alemana (basta echar un ojo a la etiqueta) no solo no les va a traumatizar, si no que va a hacer que valga la pena dedicarse a la agricultura y que valga la pena dejar atrás los modelos industriales y abrazar la agroecología.

Y la experiencia nos dice, además, que en un hogar medio es económicamente sostenible. Porque las grandes empresas alimentarias no han reducido precios en sus productos bio, y usando materia prima y sistemas de producción industriales, cobran sus productos a precios muy similares que las pequeñas empresas o explotaciones agrícolas, incluso más caros. Total, sus estudios de mercado les demuestran que el creciente interés por lo bio, tiene entre sus filas a muchos consumidores cuya actitud responde a moda postureo y por tanto, no tienen problema en pagar más por su producto (y no, no voy a entrar en toda la moda postureo de negocios “ecológicos” pensados solo para el consumidor de alto poder adquisitivo)

Haz la prueba. Busca por internet o en tus mercados locales a los productores de la zona, que, a través de una pequeña o mediana explotación, producen alimentos biológicos. Mira el precio y compara. Verás que no hay tanta diferencia para tu bolsillo, y en cambio si hay una gran diferencia para el futuro de nuestro planeta. ¡Imaginaos el sur de Almería y Granada, sin parecer una gran bolsa de basura!

Last but not least, las administraciones públicas tienen que meter mano urgentemente en el asunto. Luchar con las normativas europeas para proteger el producto local, apoyar económicamente (mediante las reducciones fiscales, por ejemplo) a los agricultores y ganaderos que apuestan por cambiar de modelo, controlar las importaciones de productos que ya son excedentarios en España (como la leche), exigir etiquetas que expongan claramente qué ingredientes tiene un producto y de donde proceden, para poder multar a las engañosas, por ejemplo, “alcachofas Navarras (origen Perú)”,  educar a los niños sobre el entorno agrario y no dejar esa labor en manos de la gran industria que dibuja una especie de perfil bucólico de dibujos animados [por ejemplo, casi diría prohibir las visitas “culturales” a grandes empresas de alimentación y promocionar las visitas a explotaciones conscientes], crear zonas de protección agroecológica, endurecer las inspecciones respecto del uso de los términos, las certificaciones y los procesos productivos…

Y sobre todo, dar ejemplo. Dar mucho ejemplo. Porque cuando incluso los nuevos partidos que, supuestamente, defienden un cambio de sistema y hacen del bienestar de los trabajadores un eslogan, siguen diciendo públicamente sin reparos que compran en grandes centros de distribución (y aún más grave, ropa que probablemente haya sido fabricada de forma poco halagüeña), es que a las instituciones y los que nos representan aún les queda mucho que hacer.

¿Cómo comer bien?

Comer bien es un auténtico reto en estos tiempos que corren. Ya no hablamos desde un punto de vista estrictamente nutricional, que también, sino que hablamos de comer respetando mínimamente nuestro cuerpo y nuestra salud y nuestro entorno.

Este post nace de la conjunción de tres sucesos concentrados en la última semana: la aparición en español del libro de Michael Moss Adictos a la comida basura, el programa de La Sexta Equipo de Investigación sobre la agricultura ecológica, y el estudio presentado en Estados Unidos que niega que los transgénicos afecten en absoluto a la salud de los humanos. Visto/leído todo, nos preguntamos ¿cómo podemos comer bien en un mundo bombardeado por mensajes contradictorios sobre lo que es bueno comer? Podéis leer toda la introducción que nos ha llevado a reflexionar sobre esto, o bien pasar directamente a los consejos.

El libro de Moss explica cómo la industria de la alimentación ha utilizado el azúcar, la sal y la grasa para crear productos conscientes de su insalubridad. De como esas empresas no han movido un dedo por poner su grano de arena en la lucha contra la obesidad y la diabetes, mas al contrario, han hecho lo posible por encontrar los recovecos que les permitieran seguir produciendo engendros para comer (me niego a llamarles alimentos) a bajo coste, sin preocuparse en exceso por la calidad. Basta pasarse por el lineal de los quesos procesados, mirar las grandes marcas de quesos untables y revisar sus ingredientes: prácticamente ninguna lleva queso.  [En los ingredientes, efectivamente, aparece leche y nata y diversos estabilizantes, pero eso no es queso en realidad, es decir no sigue el proceso de maduración de un queso de verdad, de la misma manera que unas patatas fritas con huevo llevan los ingredientes de una tortilla de patatas pero no son una tortilla de patatas]. Estos productos, en general, superan con creces el contenido en azúcar, sal y grasa recomendado para un adulto en una dieta equilibrada, pero las empresas que los producen usan casi siempre el mismo argumento: “Nosotros no obligamos a nadie a que coma nuestros productos”. Mientras, la televisión y el resto de medios ametrallan con publicidad de alimentos que las instituciones que tienen que mirar por nuestra salud saben positivamente que son perjudiciales. Y ametrallan a cualquier hora, en especial, dentro del horario infantil.

A modo de ejemplo de estas estrategias de marketing que nos conducen a comprar sin pensar dos veces lo que hacemos, basta contraponer este post, publicado en un blog sobre cuidados infantiles realizado por una empresa de publicidad y entendemos (no sabemos ciertamente, pero sospechamos por la cantidad de productos que se promocionan) ideado para apoyar a las marcas de productos infantiles, y este otro post, sobre el mismo producto, hecho por un portal de consumidores y avalado por nutricionistas.

Mientras lees el libro y vas viendo productos Frankenstein, como la Velveeta o los Lunchables, piensas, “bueno, pero eso solo pasa en Estados Unidos”. ¿Es eso cierto? ¿O en realidad, esas marcas que aquí no existen, sí hacen otros productos con otras marcas que aquí sí existen? Incluimos la imagen, que fue en su momento viral, en la que se distingue como 5 o 6 grandes conglomerados industriales controlan prácticamente todas las marcas famosas de alimentación  (y cosmética, salud, etc).

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Con esto en mente, nos sentamos frente a la televisión a ver el programa de La Sexta, interesados como estamos en la agricultura ecológica. La sorpresa no es tanto el contenido del programa -que resulta un poco superficial y en algunos casos enfocado a buscar la anécdota y con el tono amarillete y medio apocalíptico habitual- sino la reacción que vemos en Twitter. Muchos usuarios de la red social muestran sus recelos sobre la agricultura ecológica o la tachan simplemente de timo. Se quejan de los precios, o de que son todo cosas de “hippies” trasnochados. De que en realidad, la agricultura ecológica (y la alimentación ecológica en general) es un camelo. Pues sí, una parte es un camelo. Ya lo comentamos en un artículo previo sobre las grandes marcas que de repente se han vuelto superecológicas y hacen productos superecológicos. Efectivamente, esas marcas solo están haciendo greenwashing de la montaña de productos altamente perjudiciales para el medio ambiente y para el desarrollo humano que siguen fabricando sin ningún tipo de rubor.

Pero de ahí, a pensar que toda la agricultura y la ganadería ecológica es un engaño va un mundo. Y nos preocupa ver con qué ligereza se acusa a los pequeños agricultores y a los proyectos sostenibles y con qué ferocidad se defiende a las grandes marcas. Y cómo esto lo hacen personas con perfiles profesionales destacados, que son líderes de opinión y a los que mucha gente cree a pies juntillas.

La tercera pata de este post es el estudio presentado por la Academia Nacional de Ciencias que asegura que los OGM (organismos genéticamente modificados) no comportan ningún riesgo para la salud humana. Según este estudio, que aglutina y analiza más de 900 estudios al respecto, los humanos no sufrirían ninguna consecuencia a la hora de consumir OGM.

Pero, esta recopilación de estudios, imagino que incluirá también los estudios patrocinados por las grandes empresas que se dedican a la generación es estas semillas (y que de hecho, son una buena parte de los estudios existentes). Teniendo en cuenta que en el libro de Michael Moss se explica que, en otros casos, las agencias gubernamentales estadounidenses han sido muy laxas a la hora de valorar los estudios patrocinados por marcas ¿por qué ahora nos tendríamos que creer este?

Es más, y en el caso de que fuera cierto, y que los OGM fueran inocuos, ¿son realmente necesarios? Una de los grandes argumentos para la inclusión de los OGM en la agricultura es que aumentan la producción (cosa que, por cierto, niega el propio informe de la Academia de Ciencias) y por tanto, contribuirían a acabar con el hambre en el Tercer Mundo. Que digo yo que si las grandes corporaciones no hubiera expulsado a los campesinos de sus tierras del Tercer Mundo para llenarlas de cultivos hiperrentables como el café, el cacao o la soja a lo mejor ahora estos campesinos no estarían pasando hambre. Que también digo que si en el primer mundo no compráramos mucha más comida de la que realmente necesitamos (en general, además, comida vacía nutricionalmente, de la que habla Moss en su libro), tampoco haría falta generar más producción para repartir el alimento entre todos. En Estados Unidos, cada año se tiran 40 millones de toneladas de comida, ¿cuánta gente podría comer con ellas?.

Vivimos totalmente desinformados en un mundo de sobreinformación. Cuando más conocimiento tenemos al alcance, y cuando más noticias e informaciones llegan a nuestros oídos, más fácil parece ocultarnos datos clave y más perdidos parecemos.

Entonces, al grano ¿cómo podemos comer bien? Estos son algunos consejos que ya hemos puesto en práctica y que funcionan. Requieren motivación, pero los resultados motivan, vaya que sí.

  • En primer lugar, olvídate de los alimentos procesados y, especialmente, de los platos preparados. Es muy difícil y, obviamente, lo vas a tener que hacer paulatinamente, y no podrás olvidarte de todos, porque actualmente hay muchas cosas que ya no existen de otra manera que no sean procesadas. Pero te aseguramos que es posible llegar a un porcentaje altísimo de independencia. Eso sí, para luchar contra los procesados, lo primer es luchar contra la pereza: va a haber muchas cosas que vas a tener que hacerte tú que antes comprabas cómodamente ya listas para consumir. En internet encontrarás muchas recetas para hacer casi todas las preparaciones que más te gustan sin depende de los alimentos frankenstein, desde crema de chocolate, hasta queso untable, pasando por los gnocchis o los bizcochos de desayuno. Dedica un rato de tu fin de semana, por ejemplo, a preparar un hummus para ponerle en el bocata a la chavalería, o dejar lista para congelar masa de pizza.
    Te sorprenderá ver como muchas de estas cosas no son difíciles de preparar y salen mucho más baratas que las procesadas. En el caso del hummus biológico, por ejemplo, el coste de hacerlo en casa no supera los 3 euros para casi un kilo, mientras que cualquier hummus procesado no baja de los 2 euros los 100-150 gr.
  • Piérdele el miedo a las cestas de frutas de cooperativas ecológicas. Mucha gente se queja, y no sin razón, de que las cestas ecológicas traen fruta y verdura que no siempre son lo que nos apetece. Y es más, que no siempre conocemos ni sabemos qué hacer con ellas. Pues bien, perdedle el miedo a esa fruta y verdura desconocida o a la que no estáis habituados. Buscad ayuda en libros especializados en cocina de las verduras, Las verduras de muchas maneras de Karin Leiz, que es una auténtica biblia de la reconciliación con las verduras. Montado como un diccionario en el que las verduras aparecen en orden alfabético, Karin Leiz nos facilita un montón de recetas, la mayoría facilísimas, para cocinar las verduras. Y no es nada macrobiótico, si eso te echa para atrás, al contrario, encontrarás desde recetas aptas para veganos hasta recetas con chorizaco de pueblo. Para todos e insistimos superfáciles de hacer y súper cómodas de consultar.
    Y vamos, no me digas que no puedes hervir tus propias judías o tus propios guisantes, que son diez minutos. Ni cortar tu cebolla o tu tomate… Igual nos estamos volviendo gastronómicamente analfabetos, pero resulta de risa que compremos cebolla o ajo cortados.
  • Come de temporada. Tanto la fruta y la verdura, como los pescados.
  • Los embutidos, con garantías. Quien más y quien menos, tiene un pueblo, o un amigo que tiene un pueblo. Tira de ellos para hacerte con embutidos. Nutricionalmente es algo de lo que no debemos abusar, así que tampoco hace falta lanzarse a lo loco al supermercado a llenar el carro de salchichones de marcas de gran consumo. Y si no tienes amigos con pueblo, confía en un buen charcutero, serio, que te facilite mandanga de la buena, de la que se hace con cariño y con carne (e incluso grasa, of course) de verdad.
  • Apuesta por lo ecológico siempre que puedas, especialmente en el terreno de lácteos y huevos. España es un país de quesos maravillosos, así que por favor, cómelos. Resulta doloroso ver como la gente compra queso de plástico en un país en el que tenemos 150 variedades y 26 denominaciones de origen y que además, tiene al ladito otro país, Francia, con 320 variedades, muchas de las cuales se pueden adquirir fácilmente en nuestras tiendas. Pasa un poco lo mismo con los yogures. Tenemos grandes productores de yogures de calidad, optemos por ellos. Se nota tanto la diferencia entre un yogur “de plástico” y uno de verdad… Y si eres un valiente (o vives por el norte, donde es fácil encontrar cuajo), hazte tus propios yogures y cuajadas. Esa yogurtera que tu madre tiene abandonada desde el día de la boda puede darte unas alegrías tremendas.  No solo es una cuestión de sabor, también es una cuestión de bienestar animal: comprar leche, yogures, quesos y huevos de explotaciones sostenibles implica que los animales que producen la materia prima han vivido mejor que los pobres que sufren la ganadería industrial.
    Lo mismo se aplica para las carnes. Prioriza la carne blanca (y dentro de esta, cuando elijas pollo, mejor de corral o ecológico) y el pescado. En el caso del pescado (sobre todo el que está en conserva) puedes informarte sobre su origen mediante la guía del Marine Steward Council o la campaña por el pescado sostenible de WWF . Si tienes una lonja cerca, eres afortunado. Si no, busca un pescatero de confianza y que te guíe, no solo en calidad, sino en temporalidad de los pescados. Y huye del pescado embolsado.
  • Legumbres y frutos secos, ¡a la saca! Literalmente, déjate de bolsas de plástico y packagings. Cada día hay más oferta de compra a granel, con lo que puedes comprar solo lo que necesitas, y en el caso de legumbres y frutos secos, por su buena conservación, puedes gestionar mejor tu despensa. Seguro que en casa tiras botes cristal que podrías usar para comprar y almacenar las legumbres y otros productos no perecederos. Vale la pena la inversión en una olla exprés para cocer tus legumbres de forma rápida, y evitar caer en las legumbres precocidas y envasadas, que siempre van fuertes de sal.
  • Haz tus propios snacks. Desde galletas saladas, hasta picoteos de todo tipo. Con verduras, o con carne y pescado, hay mil cosas sencillas de hacer para picar que nos alejan de los snacks hipergrasientos de las estanterías del súper.  Antes, las palomitas las hacíamos en casa con una sartén y nadie se moría. Ahora en cambio, las hacemos con una bolsa en en el microondas, y en lugar de comer solo grano de maíz, comemos un montón de acelerantes, grasas, sal y otras delicias que nos embotan las arterías. Y ni hablemos de la cantidad absurda de residuos que provocamos.
  • Déjate de dietas milagro y alimentos prohibidos. Cualquier alimento natural no procesado está permitido. El truco está en la mesura. Y en disfrutar comiendo. Hay movimientos como el Mindful Eating que promueven el comer de todo, disfrutando tanto a la hora de prepararlo como de comerlo. Cuando uno es capaz de paladear y no de engullir, disfruta más y queda satisfecho antes. Comer sano y equilibrado no implica comer solo tofu y semillas. Ni, desde luego, comer cosas light, otra de esas grandes trampas de la industria alimentaria. Implica comer de todo y disfrutarlo.
  • Premia a las empresas que lo hacen bien. Para poder premiarlas tendrás que tomar por costumbre leer las etiquetas. Apuesta por las que usan más productos naturales, las que sean de proximidad y las que den el máximo de información.  Como decíamos en el punto 1, no vamos a poder prescindir de todos los productos procesados, pero podemos elegir los que se hagan con responsabilidad, nutricional y ambiental. Por ejemplo, en el caso del pan. Busca panaderías cercanas que hagan su propio pan -cuidado con las boutiques del pan– y si no tienes tiempo de comprarlo diariamente, congélalo. El buen pan, además, siempre se puede usar para hacer salmorejo, gazpacho, sopas de pan, púdings e incluso confitura.

Cambiar de hábitos cuesta mucho, porque nos han “programado” para seguir las instrucciones de la publicidad, para priorizar la comodidad de uso y de consumo a la calidad y para creernos que nuestra ajetreada vida nos obliga a comer así, pero no es verdad. Está comprobado. Yo estoy consiguiendo hacerlo, una vez roto el muro de la pereza. Intentadlo, porque los beneficios son inmensos.

Los ‘otros’ 10 trucos que nos ayudan a cuidar la Tierra

holaecoHoy es el Día de la Tierra, y queremos unirnos a nuestros compañeros del Colectivo HolaEco, ofreciéndoos este post en el que vamos a describir esas otras cosas sencillas, y generalmente gratis, que podemos hacer para que cuidar el planeta, desde nuestro día a día cotidiano en la ciudad. Que para eso somos el manual de supervivencia del urbanita sostenible.

En muchos sitios encontraréis tips para mejorar nuestra sostenibilidad, del estilo de usar el transporte público o reciclar los residuos, pero hoy vamos a mostraros “otros” trucos que van a ayudarnos a ser más respetuosos con el medio ambiente, a reducir residuos y mejorar nuestra calidad de vida y también la de todos los que nos rodean, sean personas, animales o plantas.

  1. Reutiliza tu energía. Apaga más la luz, cierra más grifo, pero a la vez reutiliza la energía que ya estás usando. ¿Cómo? El agua de fregar/ o de la ducha te sirve para tirar de la cadena. Pon el tapón si tienes bañera y ayúdate de un cubo para usarla en tu taza. Si te lo puedes permitir, ya existen lavamanos integrados en la taza que reutilizan las aguas usadas de la higiene y las acumulan en la mochila de la cisterna. Si vas a cocinar y a la vez quieres leer, llévate el libro a la cocina, y ten solo una luz encendida. Aprovecha el calor residual de la vitro, apagando un poco antes de finalizar la cocción. Deja las tareas de más precisión para cuando dispongas de luz natural, aprovecha el calor del horno para secar pequeñas piezas de ropa acercándolas a él con precaución…
  2. Compra a granel. Cada vez hay más tiendas que están recuperando la vieja costumbre de vender a granel, pero incluso cuando no exista esa posibilidad, rechaza de plano las frutas y verduras que vienen metidas en poliestirenos y otros materiales similares. Ve al mercado, donde encontrarás carne, pollo y embutidos a granel y llévate tus propios recipientes para guardarlo, por ejemplo, tuppers de cristal en los que el pollero, carnicero o charcutero no tendrá ningún inconveniente en poner el producto (tranquilos, por el peso, que para eso las básculas tienen tara), y reduciréis todos los papeles parafinados, bolsitas y bolsazas con las que nos inundan en las tiendas. Lleva siempre en el bolso una bolsa plegable y métete en el cerebro está frase: “No, no necesito bolsa”. ¡Ah! Y en tiendas como La Magdalena de Proust también es posible comprar los productos de limpieza a granel (además, salen más baratines).
  3. Reduce los productos innecesarios. Sometidos como estamos al bombardeo publicitario, a los cánones estéticos y a todo tipo de mensajes sobre cómo debemos ser y parecer, es fácil dejarse llevar y acabar creyéndose que necesitamos un millón de cosas para cumplir con nuestro deber social de ser estupendísimos. Si entramos, por ejemplo, en nuestro baño y miramos todos los botes que allí tenemos, ¿cuántos necesitamos realmente? ¿De verdad hace falta champú, acondicionar, mascarilla y sérum para el pelo? Prueba a cepillártelo mejor y más a menudo ¿De verdad hace falta un gel para un cosa, otro para otra, un exfoliante de tres olores distintos? Lo tenemos comprobado, con un producto neutro, que hace las funciones de champú y gel, basta. De verdad. Una hidratante corporal, y otra fácial. Una limpiadora. Para exfoliar tenemos muchísimos productos cotidianos que nos ayudarán, como el azúcar, o guantes de crin o cuerda para el cuerpo. Desde luego, elimina las toallitas de todo tipo de tu baño, ¡son lo peor!. Opta por minimanoplas de rizo lavables y reutilizables.
  4.  Compra responsablemente. Sabemos el gustico que da ir de compras, pero hay que empezar a pararse a pensar seriamente si no se nos está yendo la mano. Mira tu armario ¿cuánta ropa hace meses que no te pones? ¿Cuánta no te has puesto aún? ¿De cuánta te has cansado sin siquiera estrenarla? Lo mismo se puede decir cachivaches para la casa (con los bazares chinos parece que nos hace falta de todo y no paramos de comprar tonterías), o incluso con la comida ¿cuánta tiramos?. Antes de ir a comprar haz una lista con lo que realmente vas a necesitar. Y no solo con la comida, hazlo también con la ropa, con el menaje… No te dejes llevar por que una cosa sea barata o cuqui, si no la necesitas no la compres. Veras que hasta ahorras y todo. ¡Ah! Y no olvides apoyar siempre que puedas a las empresas y profesionales que hacen un auténtico esfuerzo por hacer bien las cosas. Cada compra es un voto, no lo olvides.
  5. Aprovecha lo que los demás no quieren. Te sorprendería saber cuántas de las cosas que te has comprado últimamente, sobre todo, de aquellas relacionadas con la tecnología y los electrodomésticos, podrías haber comprado mucho más baratas de segunda mano. En perfecto funcionamiento. Ahorrando dinero y residuos. Únete a colectivos de reutilización, como Guindalera Reutiliza, u otros que van surgiendo en los barrios de las ciudades a través de Facebook. De la misma manera, pon a disposición de los demás todas aquellas cosas que ya no uses. A alguien le pueden hacer falta.
  6.  Camina o pedalea. Sí, todos los decálogos de sostenibilidad hablan de usar más el transporte público y, efectivamente, eso reduce las emisiones y es mucho más sostenible que cualquier desplazamiento en vehículo privado a motor, pero ¿cuántos pequeños desplazamientos hacemos en transporte público que podríamos hacer fácilmente a pie o en bici, solo por pereza? Camina y/o pedalea y no solo contribuirás a reducir aún más las emisiones y el consumo energético sino que además de cuidar el planeta, te cuidarás a ti mismo, y eso también es clave en la sostenibilidad. Ahí vamos…
  7. Cuídate a ti mismo. Parece una tontería pero es fundamental. Tu buena salud contribuye a un mejor medio ambiente, porque si estás sano y requieres, por ejemplo, menos medicamentos, se reduce su fabricación, la extracción de materias primas y todo el circo que envuelve a las medicinas más comunes en nuestros botiquines. Reducir el gasto sanitario contribuye a la sostenibilidad. Y eso se aplica a comer equilibrado, a hacer ejercicio físico, a respetar tu cuerpo y mimar tu mente. Si no nos importamos nosotros mismos, poco nos importará lo demás.
  8. Descubre tu entorno. Cuando vives en una ciudad que no es la tuya te das cuenta de cuántos nativos apenas conocen la belleza de sus propias ciudades. Organízate fines de semana de descubrimiento, visita aquel parque en el que nunca estuviste, descubre rincones, o coge el tren y acércate a los alrededores de la ciudad. Si tienes bosques o montañas, haz una rutilla sencilla para perderte en lo que te rodea, en eso que tienes que proteger. Si no lo conoces, difícilmente te enamorarás lo suficiente como para defenderlo. Eso sí, respeta el entorno que visites. No dejes basura, no enciendas fuegos, no arranques plantas… ¡Sal del sofá, que vas a echar culo!
  9.  Viaja con sostenibilidad. Si después de conocer tu entorno te animas a ir un poco más allá, no olvides viajar responsablemente. Selecciona los medios de transporte menos contaminantes, busca alojamientos que tengan una filosofía sostenible, huye de los grandes hoteles derrochones y del todo incluido que es un canto al consumo insostenible, no te quedes solo en la playa, conoce a los nativos del lugar, trátales con respeto no como si fueran esclavos al servicio del turista, déjate llevar por el descanso y la aventura.
  10. Involúcrate en una causa. Prueba el voluntariado en un tema que te interese, aporta tus conocimientos profesionales a una entidad que luche por un tema que te motive, intégrate en el movimiento que está trabajando día a día para hacer de este planeta un lugar mejor. A veces puedes pensar que tú no tienes nada que aportar, pero cada granito cuenta y no sabéis cuanto.

Y como hoy es el Día de la Tierra, ¿por qué no lo celebras eligiendo uno de estos puntos y poniéndolo en práctica? Todo es empezar…

 

Aquí os dejamos el resto de enlaces a los posts que han escrito los otros blogs miembros de HolaEco que han participado en este Día de la Tierra lleno de buenos consejos.

  • This is Goood: Ve caminando al trabajo

http://thisisgoood.com/ve-caminando-al-trabajo/

  • Cualquier cosita es cariño: Salir de la zona de confort

www.cualquiercositaescarino.com/salir-de-la-zona-de-confort/

  • Vivir sin plástico: El poder del no

http://wp.me/p6BPfj-pa