Los tejidos que respetan el medio ambiente

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Algunas grandes cadenas de ropa han empezado a ofrecer productos ‘ecológicos’, arrastrados por la toma de conciencia de muchos consumidores respecto del respeto al medio ambiente. Hay que felicitarse porque eso implica que ya no somos solo un grupo de hippies/frikies/raritos/verduzcos/bohochics los que reclamamos que se proteja el entorno, sino que hay más gente que a la hora de elegir, antepone la sostenibilidad. Suficiente gente como para que las grandes compañías introduzcan prendas orgánicas en su oferta.

Sin embargo, la mayoría de prendas de estas líneas “conscientes” se basan en el algodón orgánico, que si bien, es obviamente más ecológico que el algodón tradicional, no es el tejido que genera menos impacto (y dicho sea de paso, el algodón puede ser orgánico, pero también habría que tener en cuenta los procesos de tintado, el gasto de agua, la calidad laboral de la mano de obra…)

Vamos a repasar los tejidos que existen a nuestro alcance y que reducen el impacto ambiental. Después, que cada uno elija.

Algodón orgánico: Se trata de algodón cultivado sin semillas modificadas genéticamente y sin ninguna modificación genética posterior. Además, no se deben utilizar fertilizantes ni pesticidas sintéticos durante su crecimiento, siguiendo las normativas y usos de la agricultura ecológica. Es importante comprobar que esté certificado, porque eso nos garantiza que el proceso ha sido adecuado, y también es importante conocer el tipo de teñido al que ha sido sometido para comprobar que también sea un tinte respetuoso y bajo en consumo de agua.

Bambú: Sin duda uno de los mejores tejidos y de los más sostenibles. El tejido de bambú se realiza a base de fibras de la celulosa del bambú. La particularidad principal del bambú, en cuanto a sostenibilidad, es que es una planta que crece rápidamente, y en 4-5 años ya puede usarse para convertirla en tejido, a diferencia de la celulosa de madera procedente de árboles que requieren décadas para regenerarse. Es un cultivo bastante económico, y de fácil cuidado.
La fibra de bambú tiene diversas ventajas. A nivel de usuario, es su suavidad. Las prendas de bambú son muy gustositas, además resistentes (los calcetines, por ejemplo resisten mejor las rozaduras y el desgaste que los de algodón biológico) y además tienen propiedades antibacterianas. De hecho, la planta del bambú raramente contrae enfermedades o es comida por insectos, debido a que dispone de un componente de “defensa” que se respeta en el proceso textil. Así, además de evitar la presencia de bacterias, también tiene propiedades desodorantes, es transpirable y muy permeables. No os dejéis engañar por su aspecto tirando a la lycra o a otras fibras, no recalienta alerones y no coge malos olores durante su uso. Sinceramente, es una fibra francamente sorprendente.

Modal: Se trata de una fibra, parecida al rayón, que se obtiene de celulosa reconstituida, y por tanto implica una parte de reciclaje de fibras. Eso sí, su fabricación es similar a la de la viscosa, por lo que no es plenamente “ecológico”, pero sí reduce considerablemente el gasto en agua, en agentes químicos, además de que, por sus características, los tintes tienen mejor rendimiento

Lino: Es uno tejido noble y no precisamente barato (cualquier que haya querido comprarse una prenda de buen lino lo sabrá), aunque sí muy versátil, duradero, e ideal para las épocas/zonas calurosas. El tejido de lino puede ser o no biológico (como en el caso del algodón) y debe estar certificado. El lino biológico se siembra y cuida siguiendo las normas y usos de la agricultura biológica. Su tejido se usa en ropa, en menaje y también en zapatos y zapatillas, que combinados con esparto o yute resultan muy resistentes.

Lana y alpaca: Ambos productos proceden del pelo de ovejas y alpacas, respectivamente. Se obtienen mediante el afeitado del pelo de los animales (esquila), un pelo que los animales vuelven a desarrollar pasados unos meses. Tras la esquila, se procede a convertir el pelo en fibras, mediante técnicas tradicionales (husos) o mecánicamente. Para que pueda ser considerado un textil sostenible, los animales deben tener unos estándares de vida y cuidados adecuados, no estar en granjas sobre explotadas, alimentarse de forraje ecológico, etc.
Ambos tejidos son muy térmicos, ideales para jerseis, suéters y otras prendas de abrigo. Eso sí, requieren cuidados específicos en el lavado para su buena conservación. En España, concretamente en Cantabria, ya hay empresas pioneras en la crianza ecológica de alpacas y en la elaboración tejido.

Seda pacífica: En la fabricación de la seda tradicional, los gusanos, una vez usados, se meten en agua hirviendo, para acabar de conseguir el máximo de tejido. Pero existe la opción de la seda pacífica o seda Ahimsa, que se obtiene de los capullos una vez estos ya han sido abandonados por la mariposa. Es decir, sin afectar al animal.  La invención del proceso capaz de extraer filamento sin afectar al animal data de 1991.

Lyocell:  Se produce con celulosa, principalmente de eucalipto, y tiene la ventaja de necesitar menos agua, además de usar productos (mayormente orgánicos) totalmente biodegradables en su fabricación. Es una tela resistente, con buena caída, y fácil mantenimiento, aunque está por ver aún su impacto final, al utilizar procesos (cerrados) de fabricación tradicionales.

Fibra de soja: Es una de las últimas incorporaciones al textil sostenible. Se produce hilando fibras de soja mediante un nuevo proceso de bioingeniería y tiene la particularidad de ser una fibra bioactiva, muy beneficiosa para la piel, muy apta para personas de piel sensible y con gran permeabilidad.

Cáñamo: Una de las fibras clásicas de la ropa ecológica. Su principal inconveniente es que tiene un tacto rugoso y aspero, parecido al lino, pero menos sutil. Es muy resistente, fácil de cultivar y fabricar, e ideal para ropa de entretiempo, ya que es capaz de abrigar y a la vez no dar demasiado calor. El cultivo del cáñamo textil no tiene que ver con los cultivos psicotrópicos, ya que para el textil se utilizan variedades con muy bajo contenido en THC.

Yute y esparto: Ambas son fibras obtenidas de plantas herbáceas (malváceas y gramínias). La fabricación, que tiene una tradición centenaria en muchas zonas de España, convierte estas plantas en hilaturas muy firmes, rugosas y bastas, ideales para suelas, capazos, sillas y otros elementos que requieran de resistencia y flexibilidad.

Además de estos tejidos
más  “naturales”, nos encontramos con todo lo que se está haciendo a nivel de reciclaje, como la reutilización de botellas de plástico o redes de pesca, la reutilización de lonas, neumáticos, y tejidos de fibras y también la parte de investigación en tejidos procedentes de la acción bacteriana sobre componentes diversos. Todos ellos son un paso más hacia una creación más responsable y sostenible. Ahora nos toca a nosotros consumirlos y generar suficiente demanda como para rentabilizar estas propuestas y resguardar al planeta de la sobre explotación textil.

 

El dilema del veganismo

photo by: John Olsson
photo by: John Olsson

 

No suelo escribir posts en primera persona, sobre mis posicionamientos, sino que suelo optar por una visión un poco más general y más informativa, pero esta vez creo que es lo más adecuado. Hace unas semanas que vengo acabando en conversaciones sobre la alimentación y las actitudes sostenibles/responsables, lo cual ha hecho que me cruce en el camino con no pocos veganos.  Por eso he sentido la necesidad de escribir este post, que no es una crítica sino la reflexión que yo misma me he hecho a la hora de valorar si consideraba ser vegana como una opción alineada con mi compromiso con el planeta.

Se entiende por veganismo, según la Wikipedia (ya que la RAE no contempla el término),  la práctica de abstenerse del consumo o uso de productos de origen animal. En el sentido más estricto, es una actitud ética caracterizada por el rechazo a la explotación de otros seres sensibles como mercancía, útiles o productos de consumo.

En resumen, el veganismo aboga por la no utilización de animales en el desarrollo del consumo humano, ni como alimento, ni como materia prima de ningún producto. Y de la misma manera, evitar que en cualquier proceso humano un animal sufra, ya que entiende que los animales no son objetos de nuestra propiedad.

Desde un punto de vista puramente ético, entiendo la posición de los veganos. Entiendo que quieran respetar a los animales, no producirles sufrimiento. Entiendo que no son de nadie (argumento que, por otra parte, podría ser aplicado perfectamente a las plantas). Pero,  mirando esta filosofía desde un punto de vista de sostenibilidad, y probablemente con más ingenuidad -y, probablemente ignorancia- de la que sería recomendable a ciertas edades, me pregunto si esta filosofía, al final, no acaba obstaculizando en cierta manera el desarrollo sostenible, y me pregunto también si siendo algo menos radicales en esta postura, es decir, racionalizando el uso de los animales en nuestro desarrollo no podríamos tener un impacto ecológico menor. Y quede abierto el debate.

El argumento en el que se sustenta el hecho de que hayamos llamado a este post “El dilema del veganismo”, es básicamente, que al renunciar al uso de material procedente de animales, debemos buscar un sustitutivo, que en muchas ocasiones, procede de fibras, materiales y elementos sintéticos procedentes del procesamiento del petróleo. Como se indica en esta página especializada en ropa y calzado vegano, muchos de los artículos están realizados con poliuretano, polipiel y otras fibras sintéticas, y solo algunos proceden de material reciclado. De la misma manera, cosas como la porcelana apta para veganos no usa porcelana de ceniza de huesos (Bone China), sino propyleno, y diversos minerales (cuarzo, feldespato…). Todos ellos materiales finitos y no renovables (aunque algunos sí que son reciclables).

El hecho de que el veganismo, impulsado por celebrities militantes como Gwyneth Paltrow o Moby, esté poniéndose de moda implica que cada vez más tendrán que producirse este tipo de materiales para satisfacer la oferta de los nuevos conversos.

Todo ello me hace preguntarme, ¿cómo sería un futuro 100% vegano?

Sospecho, aunque no tengo datos ya que no dispongo de los conocimientos para ello, que en un futuro vegano, sin uso de animales, habría algunas especies cuya readaptación sería muy comprometida, como todas aquellas vinculadas al mundo de la granja, cuya evolución tras años relacionados con la vida humana, desconozco si podría reconducirse a una vida salvaje.

También sospecho que la agricultura se vería comprometida en un futuro solo vegano, ya que no se podrían usar animales para diversos usos agrícolas, y en cambio, se debería recurrir a maquinaria, con sus consumos de fuel (o biomasa), y sus procesos mecánicos de construcción. Cuando, probablemente, en una agricultura ecológica, menos latifundista, habría una buena oportunidad de recuperar el trabajo animal para sustituir a la maquinaria.
Y cuando digo trabajo animal digo trabajo, no explotación. Es decir, animales que colaboran con el agricultor, y reciben a cambio cuidados y atenciones.
Tampoco se encuentra entre las prioridades del veganismo, como filosofía, el consumo de productos locales, mientras que por cuestiones dietéticas sí que se promulga el uso de semillas y frutos de procedencia exótica para reequilibrar algunas carencias de una dieta algo restrictiva, aunque, obviamente, optar o no por la agricultura de kilómetro cero no va ligado tanto al veganismo, sino a una convicción personal, y me consta que  hay veganos que hacen ese doble esfuerzo.

Por otro lado, es cierto que el veganismo reduciría de forma drástica la producción extensiva de granos y pienso, la emisión de metano por parte de los animales, las emisiones por transporte de los mismos animales, los residuos vinculados a la industria ganadera, así como los residuos de nuestros propios hogares y los grandes centros de distribución,  etc.

Otras preguntas que me surgen son cosas como, la actitud que debería tomarse ante los ataques de animales salvajes (cuyo número aumentaría al no estar relacionados directamente con el hombre), o por qué parecemos olvidar siempre que las plantas también son seres vivos  (y que solamente a priori no sienten, puede que sientan pero no tengan la capacidad de comunicarlo), o si, por el contrario, adoptar el veganismo reordenaría la cadena trófica, que según estudios recientes indican que el hombre no sería un gran depredador como pensábamos.

Insistimos, no es una crítica al veganismo, sino una reflexión de un blog cuya razón de ser es la introducción de ideas y actitudes que conduzcan a una relación más equilibrada con el entorno y el planeta. Una reflexión para que cada uno tome la actitud que considere más conveniente y ojalá sirva para encontrar caminos sostenible para todos, veganos, vegatarianos, flexitarianos y todo tipo de aproximaciones éticas a la cotidianeidad.

En todo caso, entendemos que podemos construir una sociedad en que los humanos y los animales podamos tener una relación respetuosa en la que unos saquemos beneficio de los otros. Es decir, una relación en la que el hombre pueda beneficiarse de las propiedades y usos del animal (y de las plantas), de manera racional y no sobreindustrializada, de la misma manera que el animal (y las plantas) pueda beneficiarse de una calidad de vida adecuada, de un paso por este mundo cuidado y lo menos explotado posible.
Y eso nos conduciría a todos a cambiar muchos hábitos, igual no con la contundencia del veganismo, pero sí con convicción: comer menos carne y productos procedentes de animales, utilizar materiales y materias primas de animales de los que se puedan hacer diferentes usos en lugar de productos procedentes de fuentes no renovables, reducir la ganadería masiva, proteger a las especies, reciclar y reutilizar aquello que ya está fabricado para evitar tener que generar más…

Que cada uno elija su nivel de compromiso y su perspectiva, pero al final cualquier aportación en conciencia para un mundo más equilibrado y sostenible nos va a enriquecer a todos.

La ciudad sin combustibles fósiles

Lo que está consiguiendo esta ciudad es casi tan difícil como pronunciar su nombre: Växjö es la primera ciudad libre de combustibles fósiles del mundo.  Libre o casi libre, porque, de ir todo como está previsto, logrará serlo completamente en 2030.  En 2008 los habitantes de esta ciudad sueca ya habían logrado reducir en un 35% el consumo de combustible fósil respecto del de 1993.  En 2015 el reto está en disminuirlo hasta el 55%. Y van por muy buen camino.

Foto de Pieter Kuiper (Wikimedia Commons)
Foto de Pieter Kuiper (Wikimedia Commons)

No solo están logrando reducir el consumo de combustible fósil, sino que están logrando reducir el gasto energético general. La última cifra, de 2009, muestra que se ha reducido el consumo de energía en un 9,5%. También han reducido un 20% el tráfico dentro de la ciudad y un 12% fuera de la ciudad.

Por supuesto, Växjö está haciendo un gran esfuerzo por repoblar sus bosques -su madera fue durante décadas su mayor fuente de riqueza-, sanear sus ríos y por supuesto, su lago, el Trummen, donde comenzó este imparable camino hacia una ciudad plenamente sostenible. En 1960 se inició el movimiento de defensa del entorno del municipio con la limpieza y recuperación del lago, que había sido durante años lugar de depósito de basura y de las aguas contaminadas de una fábrica de lino cercana. Salvar el Trummen dio el pistoletazo de salida a toda una nueva forma de vivir una ciudad. Así, en los 80 se hizo un plan que consiguió que toda la calefacción de la ciudad procediera de la energía renovable y logrado el reto, nada les pareció poco a los habitantes y gestores de la localidad sueca que se lanzaron a por el gran reto: La ciudad libre de combustibles fósiles.

Con el tiempo, Växjö ha ido creciendo en cuanto a mejoras ambientales y retos. Actualmente, están construyendo el primer edificio de apartamentos de 8 plantas realizado con madera controlada, que reduce emisiones de CO2 en su construcción, pero también en el día a día, ya que se ha diseñado pensando en la reducción energética.

El programa ENGAGE al que corresponde este vídeo es el programa de Energía Inteligente que la Unión Europea propuso a doce ciudades, y que en España encabeza Pamplona. Una forma de impulsar y motivar a los ciudadanos para que se conciencien de todo lo que pueden/podemos hacer con muy poco esfuerzo para mejorar nuestro entorno. Ahí os dejo también el vídeo de Pamplona.

Volviendo a Växjö, el compromiso de sus ciudadanos, pero sobre todo y con una importancia especial, el compromiso de su clase política que se han calzado las botas de líderes del proyecto y han convencido y sido ejemplo para los ciudadanos en esta ilusionante carrera hacia las prácticamente  0 emisiones.

Este trabajo les ha llevado a ser una de las 33 ciudades que ‘ama’ WWF, en una campaña que ha elegido a las urbes que más están haciendo por la sostenibilidad. Desgraciadamente, ninguna ciudad española se ha ganado ese honor, y es que, a nivel urbano aún nos falta muchísimo por hacer. Las plazas duras que tan de moda se pusieron en los 80 y que dejaron sin verde a buena parte del centro de las ciudades, las calderas que en muchas ciudades (Madrid incluido) aún funcionan con carbón, o con fuel, el tráfico desbocado y las pocas iniciativas de movilidad sostenible que se han llevado a cabo, el transporte público no siempre pensado en aras de una movilidad fluida sino como elemento de incremento de precios/servicios de nuevas promociones inmobiliarias… Muchos elementos que alejan aún mucho a nuestras ciudades de un modelo realmente competente de ahorro energético, gestión responsable, bajas emisiones y movilidad sostenible.

Recuperando las tradiciones cosméticas

Lo natural vende. Y las empresas del sector cosmético se esfuerzan por destacar los componentes pile-of-face-powder-931540-mprocedentes de la naturaleza que introducen en sus productos, pero, a la hora de la verdad, en las marcas comerciales, estos ingredientes quedan sepultados bajo una innumerable lista de otros componentes sintéticos. Hay una gran controversia sobre los beneficios y riesgos del uso de algunos de estos componentes sintéticos, como los parabenos, los ftalatos, algunos detergentes, etc. Pero en SentidoySostenibilidad no vamos a entrar en el tema de los riesgos de estos productos, porque no tenemos la formación adecuada para hacer una valoración sólida.

De lo que sí queremos hablar es de hasta que punto es necesario optar por los cosméticos de base sintética para toda nuestra rutina de belleza. Aún quedan muchos productos tradicionales y antiguas costumbres que nos pueden ayudar a cuidar nuestro cuerpo sin tirar de químicos e incluso reciclando.

Una de esas prácticas de belleza tradicionales que se están recuperando procede de Oriente, donde desde la antigüedad, la belleza y el cuerpo han sido elementos culturales importantes. Se trata de la depilación con caramelo, una forma de sustituir a la cera , que, desengañémonos, a día de hoy ya no es de abejas, sino de compuestos sintéticos. Se trata de una práctica cosmética que ya se usaba en el antiguo Egipto y que se basa en usar una mezcla de azúcar, agua y limón (o miel, y salvia) para crear una pasta que será la que se aplique sobre la piel. Las ventajas de esta depilación son innumerables: se puede hacer en casa, no reseca la piel, no deja puntitos ni marcas, arranca el pelo de raíz y sobre todo, se puede hacer con ingredientes naturales.

Si os da pereza liaros a preparar todo, o sois de los/las que pegaros tirones e inflingiros dolor no se os da bien, hay centros especializados que ya usan esta técnica, como Sundara, donde también aplican otra técnica milenaria, y con muy poco residuo, la depilación con hilo.

Otra técnica que se pierde en la noche de los tiempos es el uso del khôl como eyeliner o sombra de ojos. El khôl es un polvo a base de galena molida y además de embellecer el ojo, sirve para protegerlo ya que tiene una cierta acción antibacteriana. En Oriente es utilizado para cuidar los ojos de niños y mayores y para protegerse del sol del desierto. Actualmente, lo podemos comprar en comercios de productos árabes y es un buen sustitutivo para los eyeliners tradicionales. Eso sí, hay que tener un poco de arte para ponérselo y no parecer un boxeador noqueado, y hay que procurar comprar khôl libre de plomo.

Uno de los productos de cosmética ecológica que más nos gusta, sobre todo porque incluye un componente de reutilización importante, es la exfoliante de huesos de albaricoque que comercializa Taller Amapola. No es más que los propios huesos reducidos a polvo, que se mezclan con un limpiador facial y consiguen una exfoliación profunda. Además, debido a la sencillez del producto resulta económico, duradero y facilísimo de usar.

Dentro de las posturas más radicales a favor del uso de productos naturales en cosmética, o mejor dicho, del abandono de los productos cosméticos, está el movimiento No-poo. Se trata de una tendencia que aboga por abandonar el uso del champú, ya que consideran que es un producto innecesario y que atenta contra la salud del cuero cabelludo y de la naturaleza (por la cantidad de residuo sintético que se deposita en el agua). Los seguidores del sistema No-poo usan otros ingredientes en su higiene capilar: bicarbonato, vinagre de sidra, maizena, limón…  También hay quien usa el huevo y el yogur, como champú y acondicionador.

Según cuentan muchos testimonios, el resultado es positivo. Hay un periodo de transición en el que el pelo no está tan limpio como estamos acostumbrados, pero a medio plazo los resultados son, en apariencia, más que interesantes. Y es que, si repasamos un poco, el champú es un elemento que se empieza a comercializar en los años 30 y que, en un principio, se usaba prácticamente una vez por semana, pero de un tiempo a esta parte, la ingente presión publicitaria nos ha llevado a crearnos la necesidad de lavarlo cada día, y cada vez, con productos más agresivos. En SentidoySostenibilidad vamos a hacer la prueba siguiendo la planificación de Ofélie, la bloguera de AntigoneXXI.

Más adelante seguiremos hablando de nuevos descubrimientos relacionados con la belleza y la cosmética natural.

Responsable vs. Convencional

villager-and-his-lamb-745712-mNo queremos engañar a nadie. Este blog versa básicamente sobre las ventajas y las bondades de consumir responsablemente, o lo que es lo mismo, consumir productos procedentes de la agricultura orgánica, de empresas que correspondan a sus trabajadores con sueldos y condiciones laborales justas y de adquirir productos primordialmente locales (los llamados kilómetro cero).

Pero está claro que no todo el mundo está de acuerdo con estas premisas, y que estos posts tampoco pretenden vender motos sin ruedas. En SentidoySostenibilidad tenemos la convicción de que optar por este modo de consumo será, probablemente a largo plazo, pero viendo como van las cosas, igual no tan largo, un eje de la recuperación del impacto del hombre sobre el planeta, y por tanto, un camino para devolverle a la Tierra todo lo que le estamos expoliando a día de hoy.

Sin embargo, tampoco somos el Oráculo de Delfos, y por supuesto, por más que seamos militantes de esto, no queremos obligar a nadie a hacer nada. Ni poseemos la verdad absoluta. Solo queremos daros datos, que seáis vosotros los que toméis la decisión. Por eso en este post vamos a repasar las posiciones encontradas respecto del consumo responsable vs. el consumo convencional. Y pedimos disculpas por adelantado, porque se nos va ver el plumero.

Comencemos por el tema que más clientes ha atraído al consumo responsable, la salud. ¿Realmente los productos ecológicos son más saludables?

La respuesta es no. Bueno, no pero. Veamos: como bien indicó un estudio de la Universidad de Stanford, los productos ecológicos no tienen mayor aporte de nutrientes, y por lo tanto, no son superiores nutricionalmente a los convencionales. En muchos casos, incluso tienen más grasas, ya que para formular algunas recetas (como por ejemplo, galletas y bollería), al renunciar a algunos productos sintéticos, como los espesantes, se requiere de un mayor uso de grasas animales y/o vegetales para obtener un sabor y un aspecto “comercial” (otra discusión sería de qué manera ha llegado nuestro paladar a despreciar algunos sabores y nuestro ojo a menospreciar algunos aspectos).  Cualquiera que se moleste en leer la etiqueta del producto observará su ficha y verá que, efectivamente, no son light (como algunos piensan) ni tienen aportes suplementarios de nada.
El pero que queremos añadir desde SyS es que si bien su aporte nutricional no mejora respecto de los productos convencionales, sí que mejoran nuestra nutrición debido a su falta de aporte químico. O lo que es lo mismo, los productos procedentes de la agricultura orgánica no incluyen pesticidas sintéticos, abonos químicos y otros productos que, aunque de forma individual estén dentro de los límites permitidos por la ley, aún sabemos muy poco de los efectos que tendrán con la acumulación de estas pequeñas cantidades [dentro del límite legal] en nuestro organismo. Es verdad que estos productos químicos no están pensados para ser el mal (como podemos ver en el blog de Jose Miguel Mulet, un químico que asegura que este tipo de producción no tiene ningún beneficio y es solamente una estafa), ya que si se emplean es para garantizar cuestiones sanitarias, pero, insistimos, no sabemos qué sucederá en unos años, cuando nuestro depósito físico haya acumulado cantidades respetables de esos productos. Y tampoco sabemos qué efectos tendrá a largo plazo el uso de esos productos en la tierra, si reducirá su fertilidad, si modificará procesos agrícolas, etc. Algo parecido podemos decir sobre cuestiones como los transgénicos, de los que a día de hoy no tenemos pruebas irrefutables del riesgo que pudieran suponer, pero de los que no sabemos qué pueden provocar a largo plazo, tanto en nosotros, como en los propios vegetales y en los terrenos.
Con todo y con esto, en una reciente encuesta realizada sobre la población francesa -una de las sociedades más avanzadas en el consumo bio- el 61% compra estos productos por comprender que son más saludables.

La motivación principal que nos conduce a consumir responsablemente en SyS es el respeto del medio ambiente, es decir, la no sobreexplotación de los recursos, la reducción de emisiones de CO2, el mantenimiento de la biodiversidad, etc. Los detractores del consumo biólogico, y aquellos que lo consideran solamente una moda para pijos, como el chef Marco Pierre White, que fue responsable de alguno de los restaurantes de Michael Caine, se preguntan si la producción ecológica sería capaz de alimentar a un mundo superpoblado y si sería capaz de hacerlo a un precio al que cualquier bolsillo pudiera llegar.
La primera pregunta que consideramos en SyS que se debería hacer es ¿hace falta realmente producir más comida? Con un reparto equilibrado, con lo que se produce a día de hoy, e incluso con menos ¿no podría sostenerse la nutrición mundial? Vivimos en un planeta con un Norte obeso y un Sur desnutrido.

Tenemos enormes latifundios dedicados a un único producto que se usa, y permitidnos el exceso, para el engorde masivo de una sociedad del Primer Mundo pagada de sí misma y en la que la abundancia de comida es algo así como un sinónimo de éxito. Menos el sr. Burns, pocos ricos no han sido caricaturizados como personajes orondos.

Si las grandes plantaciones de cacao de Costa de Marfil, se redujeran y se pudiera dedicar una parte de ese terreno para el cultivo de otros productos necesarios para la alimentación de ese país, ¿no mejoraría su nutrición?¿No se garantizaría la biodiversidad? Costa de Marfil es un país unos 100.000 km2 más pequeño que España y produce del 38% del cacao que se comercializa en el mundo.  Por supuesto, el hecho de ser uno de los mayores productores de café y cacao del mundo no lo convierte en un país rico. Las grandes empresas que compran el producto para el engorde del norte no respetan al agricultor y este, agobiado por la subsistencia, poco puede hacer para frenar la corrupción de sus órganos de gobierno que permiten y animan estas prácticas latifundistas de los países del Norte, ya que les reporta pingües beneficios.

La producción de cultivos únicos hace que desaparezcan especies, como recordábamos en un post anterior, también a cuenta del cacao, y que desaparezcan grandes zonas boscosas, en búsqueda del beneficio exportador de una serie de productos que se han convertido en bienes irrenunciables en los países desarrollados. De ahí, Brasil vive en parte de la deforestación del Amazonas para la creación de nuevas plantaciones de caña de azúcar, y de esta manera, que el país mantenga su liderato de la producción mundial (34% del total). Ese azúcar es el que luego usaremos en los países desarrollados para hacer todo tipo de productos que atentarán directamente contra nuestra salud (diabetes, accidentes cardiovasculares, obesidad…).

Si parte de ese territorio de la gran producción agrícola industrial se dedicara al cultivo de variedades para el consumo local en los respectivos países, ¿no habría un mayor reparto de los alimentos alrededor del mundo? Si los avances en ciencias agrarias se enfocaran en la mejora de las variedades para que se pudieran cultivar en zonas de diverso tipo de terreno/clima ¿no permitiría que muchos países pudieran generar un abanico mayor de cultivos que solucionara la nutrición interna? Y esos cultivos que ya no requerirían tener techos altísimos de producción para ser competitivos ¿no se podrían gestionar con métodos sostenibles y ecológicos?

Creemos que sí, y creemos que el argumento del precio, que es a donde queríamos llegar con esta exposición, es perfectamente cierto, los productos ecológicos son más caros, pero son más caros porque los productores reciben un pago justo por sus productos, porque la tierra descansa en los periodos que lo necesita, porque los productos no salen mágicamente todos perfectos con el mismo tamaño, olor y sabor; hay cosechas buenas y malas. Porque trabajar el campo no es una cosa que no cueste esfuerzo y dinero. Y porque, probablemente -y esto ya entra dentro de otras apreciaciones, pero ahí lo dejamos- es más justo que quien nos da de comer cobre un sueldo justo y elevado que no que lo cobre quien le da una patada a un balón o quien hace una película en Hollywood [y que conste que nos encanta el fútbol y el cine].

Sobre la cuestión del precio, os proponemos que pongamos en una balanza qué gasto debe pesar más en nuestra vida y si nos gustaría que nuestro trabajo estuviera remunerado adecuadamente. Y que pongamos en una balanza, a nivel sociedad, si necesitamos toda la comida que consumimos.

Siguiendo el mismo argumento anterior, la sobre producción tanto agrícola, como ganadera, como industrial (producimos muchos más bienes de los que necesitamos y éstos no se reparten equitativamente) tiene un fuerte impacto ambiental, ya que acaba con la biodiversidad, y producen toneladas de residuos. Además, al estar los países productores muy alejados de los países consumidores, llevar los productos de origen a destino implica inmensas emisiones de CO2, en muchos casos, perfectamente innecesarias.

Hablando una vez con una amiga, fan de los kiwis, me dijo que ella solo los compraba de Nueva Zelanda, “por su calidad”. Traer 112 toneladas de kiwis (la capacidad máxima de Boeing 747, que ya que traemos que sean muchos) desde Nueva Zelanda a España emite 69.959.680 kilos de CO2, segun CeroCO2.org. En SentidoySostenibilidad lo lamentamos, pero nos duelen esas emisiones solo por un kiwi. Solo por un capricho. Sobre todo, porque en Galicia o en Asturias también hay kiwis estupendos. ¿Tiene sentido comprar manzanas chilenas, cuando en España tenemos manzanas excelentes?¿Naranjas marroquíes?¿Avellanas turcas? Ah, claro, es que son más baratas… ¿Son más baratas? Igual nuestro bolsillo paga menos por ellas en el momento de adquirirlas, pero ¿qué costes tienen añadidos? Amigos de la Tierra editó este vídeo sobre lo que llaman los Alimentos Kilométricos y sus “daños colaterales”.

Efectivamente, los alimentos ecológicos y el consumo responsable están lejos de ser aún todo lo ideales que deberían ser para solucionar los grandes problemas agrícolas, ecológicos,  comerciales y éticos de nuestro planeta. Como diría una abuela, “no son la purga de Benito”, pero no hacer nada al respecto, aún soluciona menos cosas.

Optar por el consumo responsable no debe ser un capricho pijo ni una manera de limpiar la conciencia de cada uno, sino una apuesta firme por una forma distinta de sociedad, en la que, sin perder de vista el beneficio económico y la generación de riqueza, ésta no quede limitada a unas zonas u otras, a unos sectores u otros, a unas poblaciones u otras… Una nueva forma de vivir en el respeto por el entorno, y eso incluye a las personas, a los seres vivos, y en general al planeta entero. Una apuesta por la cercanía, la austeridad, el reparto y la justicia, que, lamentamos que a día de hoy solo suene como una cancioncilla utópica para unos pocos. Que entre otras cosas, dedicamos parte de nuestro tiempo a escribir este blog. Y que ojalá algún día deje de ser una blog curioso para convertirse en lo que aspiramos: una auténtica guía para modificar nuestro comportamiento.

*Nuestro agradecimiento a Mikel Iturriaga y al blog El Comidista, de cuyo post  “La comida ecológica, ese supuesto lujo para pijos” hemos tomado prestados algunos enlaces.